¡Hola Sukis!
En 1993 imaginó un 2032 limpio, seguro, saludable y prácticamente sin delincuencia.
El problema es que alguien ha decidido también cómo deben vivir los demás. Y para llegar a ese futuro ya solo faltan seis años.
Cuando Demolition Man se estrenó en 1993, su futuro parecía lejísimo.
La película nos llevaba hasta 2032. Una sociedad completamente diferente esperaba a John Spartan después de permanecer congelado durante décadas.
Hoy ese futuro está a seis años de distancia.
Y al volver a mirar la película resulta curioso comprobar que lo verdaderamente interesante no son sus coches ni sus aparatos futuristas. Es su sociedad.
Bienvenidos al mundo perfecto
San Angeles parece maravillosa.
Las calles están limpias. La delincuencia prácticamente ha desaparecido. Todo parece verde, cuidado y ordenado. Sus habitantes son educados, amables y extraordinariamente civilizados.
Se cuida la salud, se evita la violencia y existe una enorme preocupación por el bienestar colectivo. ¿Quién no querría vivir allí?
El problema empieza cuando descubrimos el precio.
En San Angeles no solamente han eliminado buena parte de las cosas malas. También han decidido qué cosas deberían ser malas para ti.
Fumar está prohibido. Determinados alimentos también. Decir una palabrota provoca automáticamente una sanción. Incluso las relaciones humanas se han vuelto extremadamente controladas.
Todo parece diseñado para evitar riesgos, enfermedades, conflictos y comportamientos considerados perjudiciales.
Y ahí la película empieza a resultarme mucho más interesante.
Te cuidamos… incluso de ti misma
Nuestra sociedad actual tampoco es San Angeles.
Pero cada vez disponemos de más herramientas capaces de medir nuestra vida.
El reloj conoce nuestro sueño y nuestro ritmo cardíaco. El móvil sabe dónde estamos. Los algoritmos aprenden qué compramos, qué miramos y qué nos interesa. Las cámaras reconocen matrículas y algunos sistemas pueden identificar rostros. Las plataformas deciden qué contenidos mostrar y cuáles limitar.
Muchas de estas tecnologías tienen ventajas enormes. El problema no es la tecnología.
La pregunta es hasta dónde queremos que llegue.
Porque existe una frontera muy fina entre ayudarnos a tomar mejores decisiones y decidir por nosotros cuáles debemos tomar.
Una sociedad incapaz de enfrentarse al mal
Hay otro detalle de Demolition Man que me parece brillante.
Los habitantes de San Angeles han eliminado hasta tal punto la violencia de sus vidas que, cuando aparece Simon Phoenix, prácticamente nadie sabe cómo reaccionar.
Entonces necesitan precisamente a Spartan.
Un hombre completamente incompatible con aquella sociedad: bruto, malhablado, impulsivo y políticamente incorrecto.
Y surge una paradoja maravillosa. La sociedad perfecta necesita al hombre imperfecto.
Porque eliminar los problemas no necesariamente significa haber aprendido a enfrentarse a ellos.
¿Quién decide qué es bueno?
Para mí, aquí está la verdadera cuestión que plantea la película.
Raymond Cocteau ha construido una sociedad segura, saludable y aparentemente feliz.
Pero también ha adquirido un enorme poder para decidir qué significa vivir correctamente.
Y eso cambia completamente la perspectiva.
Porque probablemente todos estaríamos de acuerdo en querer ciudades más limpias, menos delincuencia, ciudadanos saludables y personas respetuosas.
Las preguntas aparecen después:
¿Aceptaríamos que alguien decidiera qué podemos comer?
¿O qué palabras podemos utilizar?
¿Hasta dónde puede vigilarse nuestra conducta por nuestro propio bienestar?
¿Y quién establece dónde termina nuestra libertad y empieza el supuesto bien común?
Quizá el gran acierto de Demolition Man sea precisamente no presentarnos un futuro horrible.
Nos presenta uno aparentemente maravilloso.
Y eso hace la pregunta mucho más difícil.
Porque resulta sencillo rechazar una dictadura que nos ofrece sufrimiento.
Lo complicado es reconocer los límites cuando aquello que nos ofrecen a cambio es seguridad, comodidad, salud y tranquilidad.
En 1993, 2032 parecía ciencia ficción.
Ahora podemos mirar nuestro reloj inteligente, nuestro teléfono, nuestras cámaras, nuestros algoritmos y después mirar San Angeles.
No vivimos allí.
Pero algunas de las preguntas que planteaba aquella comedia de acción hace más de treinta años ya están encima de la mesa.
Y entonces… ¿sigue siendo ficción?
El equipo de Sukigonbee ha redactado este artículo y lo ha revisado y mejorado con herramientas de inteligencia artificial.
