Como hablar de sexo con nuestros hijos de 12 años.

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¡Hola Sukis!

La charla sobre sexo que da miedo tener



Hay conversaciones que como madres sabemos que tenemos que tener y, aun así, vamos posponiendo. La del sexo suele estar entre las primeras.


Quizá porque no sabemos cuánto contar. Porque nos da miedo adelantarnos. Porque nuestros hijos tienen doce, trece o catorce años y una parte de nosotras sigue pensando: «Pero si todavía es un niño». 


O porque somos cristianas y queremos transmitirles unos valores que forman parte de nuestra manera de entender el amor, la pareja y la sexualidad sin convertir la conversación en un sermón que haga que no vuelvan a preguntarnos nada.


Y aquí aparece una realidad que debemos aceptar: nuestros hijos pueden compartir nuestros valores y, aun así, tomar decisiones diferentes a las que esperamos.


Entenderlo no significa aprobarlo todo. Significa educar también para la realidad.



Antes de hablar de sexo, hablemos de su mundo


Desde la sociología hay algo importante que debemos comprender: nuestros hijos no construyen sus ideas únicamente dentro de casa.


Nosotras somos una influencia enorme, pero también están sus amigos, las redes sociales, las series, la música, los comentarios del instituto y, desgraciadamente, el acceso a pornografía y contenidos sexuales cada vez más tempranos.


Por eso la famosa «charla» quizá sea un concepto equivocado.


No necesitamos sentarlos una tarde y explicarles absolutamente todo. Necesitamos crear durante años un espacio en el que puedan preguntar.


Y debemos empezar mucho antes del preservativo.


Podemos hablar de qué significa querer a alguien. De respeto. De intimidad. De presión. De por qué nadie tiene derecho a pedirles fotografías íntimas. De que no tienen que demostrar absolutamente nada para que otra persona los quiera.


También de algo importantísimo a estas edades: «Todo el mundo lo hace» casi nunca significa que todo el mundo lo haga.


Durante la adolescencia existe una enorme necesidad de pertenecer al grupo y una tendencia a sobreestimar lo que hacen los demás. Saber esto puede liberarles de una presión enorme.



Somos cristianas. No tenemos que esconderlo

Podemos explicar perfectamente a nuestros hijos que en nuestra familia entendemos la sexualidad vinculada al amor, al compromiso, a la responsabilidad y a la dignidad de la persona.


No tenemos que pedir perdón por transmitir nuestras creencias.


Pero existe una diferencia enorme entre decir: «En esta familia creemos que las relaciones sexuales tienen un significado profundo y nos gustaría que esperaras».


Y transmitir: «Si algún día haces algo distinto, me decepcionarás tanto que será mejor que no me entere».


La primera frase educa.


La segunda puede conseguir que, llegado el momento, nuestro hijo tenga un problema y busque ayuda en cualquier lugar menos en casa.


Nuestro objetivo no debería ser únicamente conseguir obediencia. Debería ser conseguir criterio.


La virginidad no debería convertirse en una trampa

Y aquí tenemos que atrevernos a hablar de una realidad incómoda. Entre algunos adolescentes educados en entornos cristianos puede aparecer la idea de mantener determinadas prácticas sexuales —por ejemplo, sexo anal— pensando que así técnicamente «siguen siendo vírgenes».


Tenemos que hablar de ello.


No para escandalizarnos ni para señalar a nadie, sino porque reducir la virginidad a conservar intacta una parte del cuerpo puede terminar desvirtuando precisamente aquello que pretendíamos enseñarles.


Si les hemos hablado de esperar porque entendemos la sexualidad como algo íntimo, responsable y unido a nuestros valores, buscar una práctica sexual alternativa únicamente para poder decir «sigo siendo virgen» no resuelve el conflicto. Lo esquiva.


Y además existe una cuestión de salud que no podemos omitir. El sexo anal sin preservativo puede presentar un riesgo importante de transmisión de determinadas infecciones de transmisión sexual y puede producir pequeñas lesiones que faciliten el contagio. Por eso nuestros hijos necesitan conocer también esta información, aunque nos resulte incómoda.


Quizá deberíamos cambiar incluso la pregunta. En lugar de educarlos pensando únicamente en «¿sigo siendo virgen?», ayudémosles a preguntarse: «¿Esto que estoy haciendo es coherente con mis valores, lo deseo realmente, estoy preparado y estoy cuidando mi cuerpo y el de la otra persona?»


Porque la fe no debería convertirse en un juego de encontrar la letra pequeña para poder saltarse una norma.


Si queremos enseñarles el valor cristiano de la sexualidad, expliquémosles su sentido. De lo contrario, corremos el riesgo de que aprendan a cumplir técnicamente una regla sin haber comprendido aquello que intentábamos transmitirles.


Porque llegará un día en el que no estaremos delante.



A los 12-14 años también hay que hablar de consentimiento


Y de forma muy clara. Un «no» significa no. Por ambas partes.


Pero también hay que enseñarles que quedarse paralizado, apartarse, llorar, mostrar miedo o dejar de participar son señales para detenerse. Nadie debe insistir, chantajear o hacer sentir culpable a otra persona para conseguir contacto físico o sexual.


Y esto debemos enseñárselo tanto a nuestras hijas como a nuestros hijos.


No se toca a alguien que no quiere ser tocado. No se comparte una fotografía íntima. No se amenaza con terminar una relación para conseguir algo. No se aprovecha que otra persona esté vulnerable, dormida, intoxicada o incapaz de decidir libremente.


Y tampoco tienes que permitir algo que no quieres simplemente porque quieras muchísimo a esa persona.


Eso también es educación sexual.



La pornografía también tiene que entrar en la conversación


Puede incomodarnos muchísimo, pero mirar hacia otro lado no elimina su existencia.


A estas edades pueden encontrarse con pornografía incluso sin buscarla. Además, esos contenidos pueden ofrecer una visión profundamente distorsionada del cuerpo, del consentimiento, del placer, de las relaciones y de lo que supuestamente «deberían» hacer hombres y mujeres.


Podemos decirles algo tan sencillo como: «Si alguna vez ves algo sexual que te incomoda, te confunde o te preocupa, puedes contármelo. No voy a empezar gritándote ni quitándote el móvil. Primero quiero saber qué ha pasado».


Necesitamos que nuestra reacción confirme esa promesa.


Porque si la primera vez que cuentan algo reaccionamos con un interrogatorio, posiblemente no haya una segunda.



¿Y tenemos que explicarles cómo protegerse?


Sí. Esta es probablemente la parte que más conflicto genera en algunas familias cristianas.


Podemos enseñar que nuestra opción moral es esperar y, simultáneamente, explicar cómo prevenir un embarazo y las infecciones de transmisión sexual.


¡Ojito! Informar no equivale a dar permiso.


Un adolescente debe saber que una relación sexual puede producir un embarazo y transmitir infecciones. Debe conocer qué es un preservativo y comprender que, si en algún momento decide mantener relaciones sexuales, utilizarlo correctamente desde el principio hasta el final de la relación sexual reduce el riesgo de embarazo y de muchas infecciones de transmisión sexual, aunque no elimina completamente todos los riesgos.


También debemos explicarles que otros anticonceptivos pueden prevenir embarazos, pero no sustituyen al preservativo para reducir el riesgo de infecciones de transmisión sexual.


Y hay una idea que merece repetirse: La protección no es responsabilidad de «ella» ni de «él».

Es responsabilidad de ambos.



Mi método es:Antes, durante y después

Podemos enseñarles una regla mucho más amplia que «usa preservativo».


Antes, pregúntate: ¿realmente quiero hacerlo?, ¿me siento preparado?, ¿lo hago porque quiero o porque tengo miedo de perder a alguien?, ¿podría decir que no en cualquier momento?, ¿hemos hablado de protección?


Durante, cualquier persona puede cambiar de opinión. Haber empezado no obliga a continuar. Si no existe consentimiento, hay que parar. Si falla o no se utiliza la protección prevista, no debemos esconder el problema.


Después, también existe responsabilidad.


No se cuentan intimidades a los amigos. No se muestran mensajes. Jamás se comparten fotografías o vídeos íntimos. No se ridiculiza el cuerpo de la otra persona. Y si existe preocupación por un posible embarazo, una infección o cualquier situación que no haya sido consentida, hay que pedir ayuda a un adulto de confianza y acudir a un profesional sanitario.


También debemos explicar que existen métodos de anticoncepción de emergencia para determinadas situaciones y que, ante una posible exposición a una infección de transmisión sexual o una relación sin protección, es importante consultar cuanto antes con profesionales sanitarios.


No necesitan convertirse en expertos con trece años.


Necesitan saber dónde pedir ayuda y que pedirla no los convierte en malas personas.


El peligro de educar únicamente desde el miedo

«Te puedes quedar embarazada».

«Puedes coger una enfermedad».

«Te van a hacer daño».


Todo eso puede formar parte de la conversación, pero no puede ser toda la conversación.


Si presentamos la sexualidad únicamente como peligro, nuestros hijos aprenderán miedo, pero quizá no responsabilidad.


Necesitan comprender también que la intimidad afecta a las emociones, que podemos vincularnos profundamente con otra persona y que determinadas decisiones necesitan madurez.


Desde nuestra visión cristiana podemos hablarles del cuerpo como algo valioso que merece cuidado y respeto. Del amor como algo que no utiliza al otro. De esperar no porque el sexo sea «sucio», sino precisamente porque creemos que tiene valor.


Hay una diferencia enorme.


Y si un día tu hijo te dice: «Mamá, lo he hecho»

Probablemente ese sea el verdadero examen.


No de nuestro hijo.


No te equivoques, es el Nuestro.


Podemos sentir miedo, enfado, tristeza o decepción. Somos humanas. Pero antes de reaccionar deberíamos comprobar tres cosas:

¿Ha sido consentido?

¿Ha habido protección?

¿Está bien?


Después habrá tiempo para hablar de nuestras normas, de las consecuencias y de los valores familiares.


Primero necesitamos saber que nuestro hijo está seguro.


Porque cuando un adolescente de trece o catorce años se atreve a contar algo así a su madre, todavía nos está diciendo algo importantísimo: «Confío en ti».


Procuremos no perder eso.


La conversación que tu quieres tener no es la que necesita 

Quizá la educación sexual cristiana que necesitan nuestros hijos no consista en elegir entre fe o realidad.


Podemos transmitirles nuestras convicciones y prepararles para vivir en el mundo que existe.


Podemos decirles que creemos en esperar a esa persona con la que queremos compartir la vida y si no espera... enseñarles qué un preservativo puede evitarle enfermedades que en el siglo X  no existían, pero a día de hoy en el siglo XXI  si existen.


Podemos enseñarles que su cuerpo y el de la persona que ama merece respeto y aún así hablar de los embarazos no deseados con personas a las que no conocemos.


Podemos enseñarles el valor de la intimidad y explicarles por qué jamás deben enviar una fotografía desnudos ni a desconocidos y mucho menos a conocidos.


Podemos hablarles de Dios, del amor, del compromiso y de dignidad mientras les proporcionamos conocimientos y herramientas que pueden proteger su salud tanto física como mental.


Porque nuestros hijos no necesitan una madre que finja que determinadas cosas nunca van a ocurrir. Porque ocurren, y no pasa nada (como padres, debemos recordar esto... no pasa nada)


Necesitan unos padres a los que puedan llamar si les pasa cualquier cosa.


Y quizá una de las frases más importantes de toda esta conversación sea precisamente esta: «Hay decisiones que espero que no tomes todavía. Pero si algún día tienes un problema, ven a mí. Primero vamos a solucionarlo y después hablaremos de todo lo demás».


Eso no elimina nuestras normas.


Eso construye un hogar al que siempre pueden volver.  


¡Os deseamos una buena charla! Como Sukiconsejo, habladles como adultos responsables, no como niños/as, no uséis metáforas, sed claros.💗



Este artículo ha sido revisado por varias mamás, un experto en teología y el Equipo Sukigonbee, también ha sido optimizado con herramientas de inteligencia artificial antes de su publicación.

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