¡Hola Sukis!💗
Ayer estuve recordando una historia que me contó María, una señora mayor del pueblo de mi abuela, que nos contaba cosas de su vida al sentarnos al fresco.
Cuando terminó la Guerra Civil aquí en España, María tenía catorce años y acababa de quedarse huérfana de padre debido a una larga enfermedad. Su madre tenía ocho hijos y ella era la mayor, así que su adolescencia terminó prácticamente antes de empezar. Mientras otros niños podían ser niños y jugar, ella tenía una familia a la que ayudar. Como tantos niños del país.
Una de las formas de hacerlo estaba junto a las vías del tren.
María cogía unos cubos y se marchaba con uno de sus hermanos pequeños a recorrer las vías buscando las gandingas que caía o que los propios maquinistas tiraban desde aquellas máquinas de vapor. Ese carbón servía para hacer picón, imprescindible entonces para calentarse, y ellos lo recogían y después lo vendían de estraperlo o hacían trueque. Hoy probablemente hablaríamos de contrabando o mercado negro; entonces, para muchísimas familias, aquello era simplemente una manera de sobrevivir.
Con el tiempo, María llegó a conocer a algunos de los maquinistas. Sabían quién era aquella muchacha que aparecía una y otra vez junto a las vías y, cuando pasaban por el pueblo, procuraban dejarle caer carbón. Alguna vez llegaba también una bolsa de garbanzos o de habichuelas. Y María recordaba especialmente el tren procedente de Algeciras, porque de él podía caer incluso algo de pescado seco.
No era mucho. Pero cuando tienes ocho hermanos, poco puede significar muchísimo.
María aprendió además a hacer algo que parece haber acompañado a muchas mujeres de aquella generación durante toda su vida: aprovechar absolutamente todo. Parte de lo que conseguía lo cambiaba por cal y después se iba a encalar y pintar patios. Eran otros tiempos y otras casas. En muchos patios había gallinas, un cerdo, una vaca o algún animal que ayudaba también a sostener la economía familiar, y mantener aquellos espacios encalados era higiénico y formaba parte de la vida cotidiana. Y para ella una forma de ganar dinero.
Ella no pudo ir al colegio... Y curiosamente, cuando hablaba de aquellos años, una de las cosas que más valoraba era comprobar cómo la vida de sus hermanos pequeños fue cambiando. Ellos sí fueron a la escuela, aprendieron a leer y algunos incluso pudieron continuar estudiando. Quizá por eso, muchos años después, ver a sus propios nietos llegar a la universidad le parecía algo extraordinario. Para nosotros puede ser una fotografía familiar más; para aquella niña que no había podido sentarse delante de un cuaderno, debía de ser la constatación de que el mundo había cambiado muchísimo durante su propia vida.
Pero como toda historia bonita María también encontró a su ángel de la guarda. Ella desde pequeña era muy debota de la Virgen del Rosario y como el 99% de los españoles iba a misa todos los domigos. Allí un día mientras le colocaba unas margaritas a la Virgen un señora le preguntó de dónde eran esas hermosas margaritas. Y ahí empezó una maravillosa amistad.
Esa gran mujer le tomó cariño y decidió enseñarle a coser. Entró como aprendiz en su pequeño taller y aprendió, entre otras cosas, a confeccionar uniformes y túnicas de nazareno. Lo que empezó como una oportunidad para aquella muchacha terminó convirtiéndose en su oficio. María cosió durante toda su vida laboral, hasta que llegó el momento de jubilarse.
La vida no paró con el final de la guerra, siguió. Y según ella, muchas familia se rompieron y otras se unieron más que nunca. Y eso pasó en la suya.
Nos contaba que pasó mucho durante la posguerra y nunca escondió que había conocido el hambre, el comer una vez al día y acostarse con el estomago gritando. Tampoco pretendía convertir aquellos años en algo bonito que no lo fueron. Su infancia había sido dura, como la de tantos niños que crecieron en una España rota y empobrecida después de una guerra. Sin embargo, cuando echaba la vista atrás tampoco quería recordar únicamente la miseria.
Decía algo que me parece precioso: pasamos mucha hambre pero también reíamos, hacíamos cafradas y eramos felices.
Jugaban, se querían. Hacían trastadas y de las gordas según nos relataba. Celebraban lo poco que había. Y, sobre todo, su madre se empeñó en hacerles comprender que, dentro de todo aquello, tenían una enorme suerte: ya que estaban juntos.
Con los años la situación fue mejorando. María recordaba especialmente el cambio que vivió España y su propia familia desde finales de los años cuarenta y, sobre todo, durante los cincuenta, cuando para ellos empezaron a quedar atrás muchas de aquellas necesidades. Su familia pudo acceder a una vivienda oficial que ella recordaba como una auténtica señora casa, con el baño dentro y no en el patio, la vida ya se parecía mucho más a eso que nosotros llamaríamos hoy normal.
María siguió ayudando a su madre hasta que se casó y le fueron cogiendo el relevo sus hermanos.
Y decía, con esa expresión tan nuestra, que se había casado 'bien casaa' con 21 años. No porque hubiese encontrado un hombre rico, sino porque encontró un hombre bueno al que quería y que la quería. Era albañil, trabajó muchísimo y juntos construyeron una familia de cinco hijos. Con el tiempo pudieron vivir considerablemente bien y María nunca volvió a pasar necesidades.
Dos de sus hijos siguieron el oficio de su padre y fueron albañiles, una hija se hizo enfermera y las otras dos dedicaron su vida al hogar y a sus familias. Entre todos le dieron el mejor regalo del mundo catorce nietos y aproximadamente la mitad estudiaron, opositaron e hicieron carrera.
Para María aquello era grandioso. Y creo que puedo entender por qué.
Porque nosotros vemos catorce nietos alrededor de una mesa. Ella probablemente veía también a aquella niña de catorce años caminando junto a las vías con su hermano y dos cubos en las manos. Nosotros vemos una enfermera, albañiles, amas de casa, universitarios y casas construidas. Ella sabía perfectamente cuánto camino había detrás de todo aquello.
María murió en 2017, rodeada de toda su familia, cuando murió tenía también dos biznietos.
De una familia grande, como eran antes tantas familias españolas. Porque aquellos ocho hermanos que crecieron juntos, compartiendo hambre, trabajo y esperanza, también formaron después sus propias familias numerosas. Con el paso de los años, las bodas, los bautizos y cualquier celebración se convertían en un auténtico encuentro de generaciones.
Ella nos contaba su historia y la veía feliz, pero he de confesar que hay una imagen que no consigo quitarme de la cabeza. Desde mi ventana veo pasar los trenes y, de vez en cuando, aparece el Al Ándalus, con ese aspecto de otra época que hace inevitable mirar hacia las vías durante unos segundos.
Entonces intento imaginar cómo serían aquellas máquinas de vapor atravesando estos mismos campos. Y pienso en mi abuela y en María y nuestras noches al fresco.
También en una niña esperando todos los días el tren de Algeciras. En los maquinistas que ya la conocían y dejaban caer un poco de carbón, unos garbanzos, unas habichuelas o algo de pescado seco. En su hermano corriendo junto a ella. En los cubos. En el picón. En la cal. En las primeras puntadas de una túnica de nazareno. En una madre intentando convencer a ocho hijos de que, incluso pasando hambre, podían sentirse afortunados porque seguían juntos.
Y después pienso en todo lo que vino detrás.
Un oficio, un marido bueno, cinco hijos, un hogar lleno de valores, catorce nietos, algunos universitarios, 3 comidas al día. Una vejez desde la que poder mirar hacia atrás y decir que, a pesar de todo, había sido feliz.
Quizá por eso merece la pena contar estas historias.
Porque la historia de un país también está hecha de personas que nunca salieron en los periódicos. De mujeres que no pudieron estudiar, pero consiguieron que los que venían detrás sí pudieran hacerlo. De madres que repartían lo poco que había. De trabajadores que levantaron casas. De desconocidos que, desde una locomotora, tiraban una bolsa de garbanzos sabiendo perfectamente quién estaría esperando junto a las vías.
Y de niñas como María, que un día fue a buscar carbón para calentarse y vió la oportunidad de ayudar a su madre y que con esos dos cubos y, sin saberlo, comenzaron allí una vida que acabaría siendo muchísimo más grande que aquellos primeros años de hambre.
Lo cierto es que ya de mayor esta historia me hace ver mi vida de otra manera.

