¡Hola Sukis!
Millones de españoles se han reunido en ciudades y pueblos para abrazar simbólicamente a Ceuta y recordar que, cuando una parte de nuestra casa necesita apoyo, el resto no puede mirar hacia otro lado.
¿Qué os parece la imagen? Hay imágenes que te emocionan porque no necesitan demasiadas explicaciones, y hoy ha sido uno de esos días. Plazas llenas en ciudades, concentraciones en pueblos grandes y pequeños, familias enteras que han salido durante un rato de sus casas y personas que probablemente no se conocían de nada compartiendo un mismo sentimiento: decirles a los españoles de Ceuta que no están solos. Las estimaciones recopiladas a lo largo de las distintas provincias sitúan la participación conjunta por encima de los dos millones de personas en toda España y, más allá de que esa cifra pueda terminar ajustándose cuando existan recuentos definitivos, lo verdaderamente extraordinario ha sido comprobar hasta dónde ha llegado este abrazo colectivo.
Porque esto, al menos para mí, no debería tratarse de política. Se trata de personas. Se trata de imaginar lo que significa levantarte cada mañana intentando continuar con tu vida mientras tu ciudad atraviesa una situación excepcional después de la entrada masiva del pasado 30 de julio. Se trata de padres que quieren tranquilidad para sus hijos, de comerciantes que quieren abrir sus negocios con normalidad, de jóvenes que quieren salir con sus amigos y de familias que simplemente desean recuperar esa maravillosa rutina cotidiana a la que normalmente no damos importancia hasta que un día desaparece.
Y especialmente hoy quiero acordarme de las madres de Ceuta, porque quizá las madres entendemos especialmente bien ese sentimiento. Puedes soportar muchas cosas cuando se trata de ti, pero cuando tienes la sensación de que tus hijos pueden estar en peligro aparece una fuerza que no sabías ni que tenías. Por eso estamos orgullosas de esas madres que han seguido adelante, que han cuidado de sus familias y que han pedido algo tan sencillo como poder vivir tranquilas en su propia ciudad. Y también de nuestros hombres, todos esos hombres valientes, padres, maridos, hermanos, hijos, vecinos, policías, trabajadores y ciudadanos que han resistido junto a ellas, ayudando donde podían y manteniendo sus familias y su ciudad en pie.
Hoy, sin embargo, Ceuta ha podido mirar hacia la península y comprobar algo precioso: había muchísima gente pensando en ellos. Málaga, Sevilla, Madrid, Salamanca, Valencia y tantos otros lugares, pero también esos pequeños pueblos que probablemente mañana no aparecerán en ninguna portada y en cuyas plazas se han reunido vecinos para decir exactamente lo mismo. Y quizá esa sea la imagen con la que deberíamos quedarnos, porque España no son solamente sus grandes ciudades ni sus instituciones; España también es la señora que baja a la plaza de su pueblo, el matrimonio que lleva a sus hijos, el abuelo que se emociona viendo una bandera y miles de personas normales que simplemente sienten que cuando alguien de los suyos necesita compañía hay que estar.
Eso no significa dejar de ser humanos con quien llega buscando una vida mejor, ni mucho menos olvidar que cada persona tiene detrás una historia que nosotros desconocemos. Significa comprender que una frontera existe por una razón y que la solidaridad también necesita orden, porque ninguna ciudad puede asumir de golpe una entrada masiva de personas sin que su vida cotidiana se vea afectada. Defender la tranquilidad de quienes viven en Ceuta no debería obligarnos a perder la empatía hacia nadie; podemos conservar ambas cosas, porque precisamente ahí está la diferencia entre defender nuestra casa y dejar de reconocer la humanidad de quien tenemos delante.
Pero hay algo que estos días también nos han recordado y que quizá olvidamos demasiado fácilmente: Ceuta no es un lugar lejano que observamos desde la otra orilla del Estrecho. Ceuta forma parte de nuestra casa exactamente igual que Málaga, Sevilla, Valencia, Madrid, Barcelona o el pueblo más pequeño de nuestra geografía. El Reino de España se protege en su totalidad, porque no tendría ningún sentido sentirnos unidos solamente cuando celebramos algo juntos y olvidarnos de ello cuando llegan los momentos difíciles.
Hoy hemos visto precisamente lo contrario.
Hemos visto a españoles acompañando a españoles.
Hemos visto madres pensando en otras madres.
Hemos visto familias preocupándose por familias que viven a cientos de kilómetros.
Y hemos comprobado que, cuando dejamos durante un momento a un lado todo aquello que normalmente nos separa, seguimos teniendo muchísimo más en común de lo que algunas veces creemos.
Por eso hoy no quiero hablar de enfrentamientos, ni buscar culpables, ni convertir estas páginas en otra discusión de las muchas que ya tenemos cada día. Prefiero quedarme con las plazas, con las familias, con quienes han acudido desde una gran avenida y con quienes simplemente se han reunido delante del ayuntamiento de un pequeño pueblo. Con todos los que han querido decir a Ceuta: somos parte de lo mismo.
Porque un país también es eso. Es saber que nuestra casa es mucho más grande que la calle en la que vivimos y entender que protegerla significa cuidar a las personas que viven en cada uno de sus rincones.
Hoy Ceuta necesitaba sentirnos cerca.
Y España ha respondido.
Estamos orgullosas de sus madres, de sus familias, de sus hombres y mujeres valientes y de todos aquellos que durante estas semanas han continuado adelante cuando hacerlo no debía resultar nada fácil.
El Reino de España se protege en su totalidad.
Porque no debemos olvida nunca que Ceuta y Melilla eran España antes de que España fuera el Reino de España.
Y cuando uno de los nuestros necesita sentir que estamos a su lado, los españoles estaremos siempre unidos para defender nuestra tierra, nuestras familias y, sobre todo, esa vida cotidiana y sencilla que queremos conservar para nuestros hijos.

