¡Hola Sukis!
Ceuta: cuando una madre empieza a tener miedo
Hay momentos en los que escribir una opinión resulta incómodo. Este es uno de ellos. Porque hablar de Ceuta significa entrar inmediatamente en una discusión política, ideológica y migratoria en la que parece que todos debemos colocarnos rápidamente en un bando.
Nosotras hoy queremos colocarnos en otro lugar: al lado de las madres.
De las madres de Ceuta que llevan casi un mes viendo cómo su ciudad intenta recuperar una normalidad que todavía no ha llegado. De las que tienen hijos adolescentes. De las que preguntan dónde están antes de acostarse. De las que han cambiado algunas costumbres. De las que sienten miedo y, además, parecen obligadas a justificar por qué lo sienten.
Y también de las madres que vivimos a cientos de kilómetros y pensamos inevitablemente: ¿qué sentiría yo si fueran mis hijos?
Porque una cosa es debatir sobre inmigración desde un despacho, una tertulia o una red social y otra muy diferente es vivir en una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados en la que, después de una entrada masiva extraordinaria ocurrida a finales de julio, todavía permanecen miles de personas pendientes de que las administraciones resuelvan su situación.
Casi un mes después, Ceuta continúa soportando una situación excepcional.
Y hay datos que no pueden esconderse detrás de ninguna ideología. La Fiscalía ha contabilizado durante esta crisis 16 agresiones sexuales con 17 víctimas; 16 son mujeres y la mayoría, menores de edad. También ha constatado un incremento de delitos contra el patrimonio y de los delitos de atentado y resistencia contra agentes. A ello se suma el grave episodio ocurrido esta misma semana, cuando cuatro militares resultaron heridos después de ser rodeados y atacados con piedras por un numeroso grupo de personas en Benzú.
Cuando suceden cosas así, pedir seguridad no debería ser de izquierdas ni de derechas.
Debería ser simplemente razonable.
El miedo de una madre también merece respeto
Hay una imagen de estas últimas semanas que resulta difícil olvidar. Una vecina de Ceuta rompía a llorar delante de la ministra de Defensa mientras explicaba cómo había cambiado su vida. Vivía sola y había empezado a cerrar ventanas y puertas, mirar constantemente a su alrededor y dormir con miedo.
Ese testimonio debería hacernos reflexionar.
Porque detrás de las grandes palabras —inmigración, fronteras, diplomacia, derechos humanos, política exterior— existen personas intentando continuar con su vida cotidiana.
Hay madres que quieren que sus hijas puedan regresar tranquilas a casa. Padres que quieren que sus hijos salgan con sus amigos. Adolescentes que deberían estar preocupándose por el comienzo del curso y no por los problemas diplomáticos entre dos países.
¿Es exagerado pedir eso?
Nosotras creemos que no.
Y tampoco creemos que una madre deba esperar a que ocurra una desgracia para tener derecho a decir: tengo miedo y quiero que alguien haga algo.
Defender la seguridad no significa odiar a nadie
Aquí es donde debemos tener muchísimo cuidado.
No todas las personas que llegaron desde Marruecos son delincuentes. Ni muchísimo menos. Entre quienes cruzaron hay personas que son delicuentes y personas que siguen ordenes, todos hombres, algunos menores (que además algunos son reclamados por sus países de origen).
Porque podemos defender simultáneamente dos ideas: que una persona vulnerable merece protección y que quien comete un delito debe responder ante la ley.
Lo verdaderamente peligroso sería obligarnos a elegir entre ambas.
Proteger al vulnerable y perseguir al delincuente son obligaciones compatibles de cualquier Estado democrático.
El problema aparece cuando una situación excepcional se prolonga durante semanas y los ciudadanos comienzan a sentir que nadie controla completamente lo que está sucediendo.
Entonces aparece el miedo.
Después llega la indignación.
Y finalmente puede aparecer algo todavía peor: el enfrentamiento entre ciudadanos.
Ceuta ya está entrando peligrosamente en esa fase. Durante los últimos días también se han producido ataques y enfrentamientos con vecinos y las fuerzas de seguridad.
Eso tampoco podemos justificarlo.
Porque si el Estado los abandona a su suerte, es normal que los ciudadanos se tomen la justicia por su cuenta, cuando eso sucede, y el Estado los suelta de la mano solo queda la resistencia.
Ceuta no puede convertirse en el tablero de nadie
Y después está la pregunta política.
¿Qué ocurrió realmente a finales de julio? ¿Cómo fue posible una entrada de semejantes dimensiones? ¿Qué responsabilidad tiene Marruecos? ¿Qué información tenía España? ¿Por qué casi un mes después seguimos hablando de miles de personas en una ciudad tan pequeña?
Son preguntas legítimas.
Y deberán responderlas quienes tienen responsabilidades políticas.
Porque Marruecos y España pueden mantener relaciones diplomáticas, económicas o estratégicas, pero quienes jamás deberían convertirse en instrumentos de presión son las personas.
Ni quienes cruzan una frontera para oprimir a un territorio.
Ni quienes viven al otro lado de ella.
Los ciudadanos de Ceuta no pueden convertirse en daños colaterales de las relaciones entre dos Estados.
Hoy somos madres de Ceuta
Desde Sukigonbee queremos decir algo muy sencillo.
A las madres que estos días tienen miedo por sus hijos: os entendemos.
No necesitamos vivir en vuestra calle para comprender esa sensación. Basta con ser madre y pensar durante unos segundos que nuestro hijo o nuestra hija estuviera allí.
Queremos una Ceuta española.
Queremos una Ceuta segura.
Queremos que los niños y adolescentes ceutíes puedan salir a la calle sin miedo.
Queremos que las mujeres puedan caminar tranquilas.
Queremos que quien cometa una agresión, sea quien sea y venga de donde venga, responda ante la Justicia.
Y queremos que el Estado haga precisamente aquello para lo que existe: proteger el territorio español y a sus ciudadanos, garantizar el cumplimiento de la ley y evitar que una crisis termine enfrentando a personas que hasta hace unas semanas convivían en la misma ciudad.
Porque quizá la discusión no debería ser si somos de izquierdas o de derechas, si estamos a favor o en contra de la inmigración.
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos es mucho más sencilla:
¿Aceptaríamos esta situación con la misma tranquilidad si quienes tuvieran miedo de salir a la calle fueran nuestros propios hijos?
Nosotras tenemos clara la respuesta. ¿Y vosotras?

