Por qué la fe incomoda al poder

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¡Hola, Sukis!

Hay noticias que una madre recibe pensando en sus hijos: ¿podrán vivir su fe con libertad?



La persecución cristiana es real, pero comprenderla exige distinguir países, responsables y formas de violencia.


Probablemente el nombre que resuena en tu cabeza y que ves en redes casi todos los días es Hermanos Musulmanes, un movimiento político e islamista nacido en Egipto en 1928. Pero debemos aprender a diferenciar que el Islam significa religión; islamismo, un proyecto político que pretende organizar la sociedad según una interpretación del islam. El yihadismo violento es otra categoría: no son términos intercambiables ni todos los musulmanes comparten esos proyectos e ideas.


¿Por qué atacar a quien cree? En los movimientos extremistas, la diferencia religiosa puede convertirse en una supuesta amenaza al orden que desean imponer. La violencia sirve para someter comunidades, expulsarlas o impedir que alguien cambie de religión. El informe de USCIRF de 2026 describe una grave situación en Nigeria que afecta a cristianos en mayor medida, y a musulmanes: también intervienen conflictos armados y otras tensiones.


En regímenes comunistas autoritarios, como China, el mecanismo tiene otro rostro: controlar organizaciones y lealtades independientes. USCIRF documenta persecución contra católicos clandestinos, protestantes de iglesias domésticas y otras comunidades religiosas.


Creo que, aunque las doctrinas difieran, aparece un problema común: un poder que no tolera una conciencia fuera de su control. Doctrinas religiosas como el islamismo ve el poder de la mujer y la anula por completo para someterla a su control, pero atemoriza al hombre de forma que si no obedece será castigado. En cambio una comunidad como la cristiana que es capaz de reunirse en igualdad, ayudar al projimo (levantar escuelas, hospitales y aquello que supuestamente debe dar u ofrecer el estado...) y denunciar abusos puede incomodar mucho.


Eso no convierte a toda la izquierda en perseguidora, evidentemente, ni cualquier crítica a la Iglesia en persecución. Laicidad, desacuerdo y represión son cosas distintas. En Europa, por ejemplo, ya existen situaciones documentadas de detenciones, expulsiones y confiscaciones contra organizaciones cristianas y católicas.


Como madres cristianas, necesitamos información y serenidad: explicar dónde sucede cada hecho, escuchar las dudas de nuestros hijos y evitar convertir una noticia no tan lejana en una amenaza inmediata dentro de casa.


Defender nuestra fe también significa defender que nadie sea castigado por creer, cambiar de religión o no creer. Debemos educar en convicciones firmes sin enseñar a vivir aterrados.




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