Francia: cuando la protesta termina en destrucción

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¡Hola Sukis!

Una reflexión de madre sobre la indignación juvenil, la responsabilidad política y la Europa que heredarán nuestros hijos.



Veo las imágenes de Francia y pienso en nuestros hijos. En lo que les enseñamos en casa sobre respeto y responsabilidad, mientras fuera parece instalarse una idea peligrosa: para que te escuchen, primero tienes que romper algo.


Las protestas estudiantiles francesas surgieron por problemas como la falta de profesores y el deterioro de los centros. Después llegaron jornadas con enfrentamientos y saqueos, mientras otras marchas transcurrían pacíficamente. Conviene distinguirlo: manifestarse y destruir no son lo mismo.


Intento ponerme en la piel del estudiante. Pide una educación digna, encuentra respuestas insuficientes y siente que su futuro importa poco. Su queja merece atención. Un gobierno que solo escucha cuando la calle estalla corre el riesgo de transmitir una lección terrible sobre cómo conseguir cambios.


Pero ¿cómo se pasa de reclamar profesores a destrozar un comercio? No existe un único recorrido. La presión del grupo, la rabia y la sensación de anonimato pueden favorecer una escalada. También puede haber personas que acudan buscando enfrentamiento o aprovechando el desorden para robar. Estas posibilidades no convierten a todo estudiante en un vándalo ni eliminan la responsabilidad de quien decide hacer daño.


Pienso también en el comerciante. Su escaparate no es una abstracción del capitalismo: puede ser el trabajo de una familia. Y en el policía, obligado a proteger sin excederse. Investigar los abusos policiales y exigir responsabilidades a los violentos son obligaciones compatibles.


Políticamente, me preocupa especialmente la actitud de quienes, desde la izquierda, puedan confundir acompañar una reivindicación con disculpar o fomentar sus consecuencias. El Gobierno francés ha acusado a La Francia Insumisa de instrumentalizar las protestas; sus dirigentes denuncian represión. Esa disputa no demuestra por sí sola quién organiza la violencia.


Mi temor es que el deseo de debilitar al adversario termine pesando más que la protección de los jóvenes. A cualquier partido que aspire a gobernar le exijo como madre una condena clara de la destrucción, incluso cuando procede de quienes considera próximos.


Como madre, me preocupa esa deriva de Europa: que nuestros hijos aprendan a elegir entre resignarse o arrasar. Quiero instituciones que escuchen, políticos que respondan y jóvenes capaces de defender sus ideas sin convertirse en instrumentos de nadie.


Quiero que mis hijos tengan voz. Y que nadie les haga creer que necesitan una piedra para ejercerla.





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