¡Hola Sukis!
Cuando empecé a trabajar tenía clarísimo qué iba a hacer con mi primer sueldo: comprarle un coche a mi madre. Bueno, un coche y una cocina.
Yo debía de pensar que mi primer sueldo iba a ser el de un futbolista, porque evidentemente no me daba para ninguna de las dos cosas. Pero la ilusión podía conmigo y acabé haciendo algo que también forma parte de hacerse adulto: pedir mi primer préstamo. Y así, casi sin haber cobrado todavía, ya debía dinero. Empezaba estupendamente.
Lo del coche tenía una razón muy especial. Mi madre se había sacado el carnet de conducir con 36 años, a finales de los 90. Y tiene mucho mérito, porque en aquella época todavía había muchísimos españoles que ni siquiera tenían el graduado escolar y ella tuvo que enfrentarse al examen teórico de forma oral. Ytengo que decir que se lo sacó a la primera. Como una máquina. Así que yo estaba orgullosísima de ella y pensé que no podía haber mejor regalo que su propio coche.
Con toda la ilusión del mundo encontré un Seat Ibiza de segunda mano. Tenía unos diez años, sí, pero yo lo veía estupendo. Además, era mi primer gran regalo, comprado con mi dinero —y con bastante dinero del banco, para qué nos vamos a engañar—, así que para mí aquel Ibiza era prácticamente un Mercedes. Mi padre estaba metido en la sorpresa, mi hermana también y organizamos la entrega como si mi madre fuera a recibir el premio gordo de Navidad. Incluso le pusimos una sábana por encima para que no lo viera.
Cuando mi madre vio aquel coche tapado se puso contentísima. La mujer no se lo esperaba, miraba la forma debajo de la sábana, nos miraba a nosotros... estaba emocionada. Y yo estaba todavía más emocionada que ella pensando: «Este momento no se me va a olvidar en la vida».
Y efectivamente. No se me ha olvidado.
Quitamos la sábana.
Mi madre miró el coche.
Miró a mi padre.
Me miró a mí.
Volvió a mirar el coche.
Y dijo:
—Esto no lo quiero. Ahí no me subo yo.
¡Mi primer sueldo! ¡Mi primer préstamo! ¡Mi gran sorpresa! ¡Mi Seat Ibiza!
Mi hermana estaba a punto de reventar. Intentaba aguantar la risa porque veía mi cara, pero aquello le salía ya por todos los poros del cuerpo. Mi padre, mientras tanto, comenzó inmediatamente la campaña comercial: que si el coche estaba estupendo, que si estaba muy bien cuidado, que si para empezar era perfecto, que si consumía poco... Solo le faltó sacar un folleto como hacían con las sabanas de Portugal. Yo ya ni hablaba. Estaba mirando a mi madre pensando: «¿Pero tú sabes la que he liado yo para comprarte esto?».
Pero mi madre encontró la solución en aproximadamente tres segundos. El coche de mi padre tenía cuatro años, así que lo miró y le dijo con toda tranquilidad:
—Pues este para ti y yo me quedo con el de la casa.
¡Ale! Problema resuelto.
Mi padre miró el Ibiza y contestó:
—Ese coche no lo quiero yo.
Y ahí ya no pude más.
—¿¡Cómo que no lo quieres tú!? ¡Si me has ayudado tú a comprarlo!
No sé si fueron los nervios, la cara de mi madre, la de mi hermana intentando no explotar o ver a mi padre rechazando también el famoso Ibiza, pero empecé a reírme. Pero como una loca desquiciada, y cuanto más veía el asunto más me reía. De pronto miré a los dos y me di cuenta de que había pedido mi primer préstamo para comprar un coche que no quería absolutamente nadie. Menos mal que la cocina la escogio ella.
Así que dije:
—Pues nada, para mí.
Mi hermana me miró y soltó:
—Pero si tú no tienes carnet.
—Pues será el momento de sacármelo.
Y así fue como salí de casa queriendo hacerle el regalo de su vida a mi madre y terminé regalándome a mí misma un Seat Ibiza de diez años que no podía conducir.
Con el tiempo, aquella escena se convirtió en una de esas historias familiares que siempre terminamos contando cuando estamos juntos. Porque mi madre no quiso hacerme un feo, ni mucho menos.
Simplemente vio aquel coche y su sinceridad fue más rápida que cualquier agradecimiento. Ella había decidido que ahí no se subía y, en su cabeza, además, había encontrado una solución perfecta: mi padre se quedaba con el regalo y ella ascendía al coche bueno.
Todavía hoy, cuando recordamos su cara al levantar aquella sábana, nos entra la risa. Yo quería sorprender a mi madre y vaya si lo conseguí. Lo único que no había previsto era que la sorprendida acabaría siendo yo.
Me dió muy buenos ratos, ese verano recorrí todas las ferias, yo ponía el coche y mi prima el carné... al final ni tan mal. Lo vendí al poco tiempo, y también pagué el famoso crédito, la cocina ahí sigue como nueva y mi madre siempre presume de eso. "Su hija con su primer sueldo le compró la cocina de sus sueños". Feliz.

