Sukis, hay conversaciones que empiezan sin ninguna intención y terminan teniendo artículo propio.
Esta empezó hablando de cómo era ser joven en los años 70. Nada especial. Hasta que alguien dijo:
—Nosotros nos fuimos un mes de luna de miel.
¿Un mes?
Yo no sé vosotros, pero a mí me cuentan que una pareja recién casada en 1975 se fue un mes de viaje y automáticamente quiero saberlo todo. Porque ahora las lunas de miel como mucho duran 7 días y reservamos hoteles desde el móvil, miramos Google Maps, comprobamos las opiniones del restaurante y sabemos hasta dónde está el aparcamiento antes de salir de casa. Ellos cogieron un Renault 4L, algo de dinero y decidieron que viajarían por España hasta donde les llegara el presupuesto. Y con el mejor GPS del mundo, la boca ya que en aquella época preguntando se llegaba a Roma.
Y se fueron.
Primera parada: Granada
La aventura empezó pronto porque el pobre 4L llegó a Granada prácticamente pidiendo auxilio. Algo del alternador, las escobillas o alguna pieza de esas que en aquella época cualquier hombre parecía saber identificar solo con levantar el capó y mirar fijamente el motor durante treinta segundos.
Consiguieron llegar al Meliá y allí apareció uno de esos personajes secundarios que, sin saberlo, terminan formando parte de tus recuerdos para siempre: el conserje.
El hombre se tomó el problema como si los recién casados fueran de su propia familia. Les buscó un mecánico, les cedió su propio sitio de aparcamiento y, como no había habitación para recien casados disponible para ellos, consiguió alojamiento en el Hotel Carmen, en pleno centro de Granada.
A la mañana siguiente ya tenía localizado al mecánico. El señor muy resolutivo les dijo:
—Id a ver la Alhambra y daos un paseo. Cuando volváis, estará listo.
Y se fueron a visitar la Alhambra, sus calles y su gastronomía.
Claro que un viaje de novios necesitaba fotografías.
Él llevaba una cámara prestada por su cuñada y se tomó su responsabilidad de fotógrafo muy en serio. Tanto, que convirtió Granada en una improvisada sesión fotográfica.
Ella aquí.
Ella allí.
Ahora junto a esto.
Ponte de lado.
Mira hacia allá.
Otra junto a aquello.
No sabemos cuántas veces posó aquella muchacha recién casada durante el viaje, pero debió de sentirse como una auténtica modelo. Él disparaba la cámara convencidísimo de que estaba inmortalizando su primera gran aventura juntos.
Y así continuaron su camino.
La exclusiva sesión fotográfica
Fueron recorriendo la costa, conociendo lugares como Peñiscola, visitando familiares y descubriendo una España que para ella era completamente nueva. Hasta que, estando por la zona de Alicante o Castellón, la cámara indicó que el carrete había terminado.
Perfecto. Había que comprar otro.
Entraron en una tienda, abrieron la cámara y entonces llegó uno de esos momentos en los que primero te quedas mirando al otro y después no puedes parar de reír.
No había carrete.
Si, si. Lo has leído bien.
Nunca lo había habido.
Todas aquellas fotografías maravillosas de Granada, todas las poses, todos los paisajes, todos los “ponte ahí que esta va a quedar preciosa”...
Nada de nada.
Ni una.
Imagino que en cualquier luna de miel moderna aquello habría provocado una pequeña tragedia. A día de hoy es como si perdieras la cuenta de Instagram o el móvil... literalmente se acabarían las vacaciones. En la suya provocó una carcajada monumental.
Y siguieron viajando.
Una España que empezaba a ponerse seria
Cuando llegaron a Barcelona, el ambiente había cambiado. Era noviembre de 1975 y la salud de Francisco Franco se encontraba en sus últimos días. En el taller de un primo comenzaron a ver movimiento militar y les hicieron una advertencia bastante clara: si durante el camino un militar o la Guardia Civil les daba el alto, que parasen inmediatamente y no hicieran tonterías.
Magnífica recomendación para dos jóvenes que estaban de luna de miel.
Salieron rumbo a Granollers para visitar a la hermana de ella con el miedo metido en el cuerpo y para completar la escena, había una niebla tremenda.
Conducían pendientes de la carretera, de la niebla, de si aparecía algún control, de si veían un uniforme...
Tan pendientes estaban de todo que se olvidaron de una cosa bastante importante:
Granollers.
Se pasaron el pueblo.
Y no un poquito.
Siguieron conduciendo durante aproximadamente hora y media hasta que apareció algo que consiguió sacarles inmediatamente de su concentración...
Un peaje en dirección a Francia.
Entonces los dos muertos de la risa nos cuentan que se miraron. Y casi al unisono:
¿Francia?
¿Pero nosotros dónde estamos?
Y otra vez, la risa.
Habían ido a visitar a una hermana y poco más y terminan cruzando la frontera.
Dieron la vuelta, consiguieron llegar a Granollers y allí pasaron varios días disfrutando de la familia antes de continuar hacia Madrid para visitar a otra prima.
Hasta donde llegue el dinero
Madrid les encantó. Pasearon, conocieron la ciudad y siguieron haciendo aquello que hoy quizá olvidamos demasiado fácilmente cuando viajamos: descubrir sin tenerlo todo programado.
El plan siguiente era Galicia.
En realidad, el verdadero plan de aquel viaje era bastante mejor:
—Hasta donde nos llegue el dinero vemos España. Cuando se acabe, nos volvemos.
Y he de decir que a mí esa frase me parece maravillosa.
Porque no había una ruta perfecta, ni reservas para las siguientes tres semanas, ni aplicaciones o reseñas indicando dónde comer. Había un coche que ya había sobrevivido a una avería, una cámara que durante medio viaje no hizo ni una sola fotografía y dos recién casados con ganas de conocer mundo juntos.
Pero desde casa comenzaron a preocuparse.
La situación política era cada vez más incierta y la madre de él terminó llamándolos.
—Dejaros de aventuras y veniros para acá, que esto pinta muy mal.
Llevaban ya casi un mes fuera.
Así que con toda la pena, Galicia tendría que esperar.
Volvieron a casa.
Y entonces entendí por qué recordaban tanto aquel viaje
Mientras escuchaba la historia pensé que lo mejor de aquella luna de miel no había sido Granada, Peñiscola, Barcelona, Granollers o Madrid. Tampoco aquel 4L superviviente ni las fotografías que nunca llegaron a existir.
Lo especial era otra cosa.
Para ella era la primera vez que salía de su pueblo. Para él la primera vez que era responsable de alguién que no fueran hermanos o familia carnal.
La primera vez que veían tantos lugares diferentes, probaban platos que no conocían, recorrían ciudades y descubrían que más allá de las calles en las que habían crecido existía un mundo enorme.
Y además lo estaban descubriendo con la persona que acababan de elegir para compartir sus vidas.
Quizá por eso, más de cincuenta años después, entre risas y buenos recuerdos, todavía podían contar la avería que llego a Granada, dando gracias de que no les dejará tirados en mitad de la nada, el afecto y gratitud a ese conserje de Granada que les ayudó tan amablemente, la niebla espesa más el susto de poder encontrar controles militares, el peaje hacia Francia y aquella cámara vacía. Y seguían riéndose exactamente de las mismas situaciones cómicas y subrrealistas que les sucedieron en aquel viaje.
Y pensé algo.
Tenemos miles de fotografías guardadas en nuestros teléfonos de viajes que apenas recordamos. Ellos volvieron de aquella luna de miel habiendo perdido prácticamente todas las imágenes del comienzo y, sin embargo, conservan la película completa en la memoria.
A lo mejor algunas de las mejores fotografías de nuestra vida nunca se hacen.
Se cuentan.
Gracias por contarmelas a mi.

