Ese instante en el que una frase se te escapa y ya no hay marcha atrás
¿Te ha pasado alguna vez que dices algo… y justo después desearías poder desaparecer elegantemente detrás de una maceta?
No hablamos de grandes meteduras de pata. Hablamos de ese comentario inocente, dicho sin maldad, que cae como un boli al suelo en medio de un examen. Clinc. Todo el mundo lo oye. ¡Si! Tú también. Demasiado.
No sé si a ti te pasa, pero a mí en esos momentos no solo se me acelera el corazón: se me encoge el estómago. Y la saliva y el agua de mi cuerpo me abandonan. Me sube un calor extraño por el cuello, la cara decide ponerse roja sin consultarme y mi cerebro… bueno, mi cerebro se va con el agua. Me deja sola. 🫠
Lo curioso es que casi nunca ocurre en privado
Suele pasar cuando hay gente, mucha gente. Y para más inri: cuando justo se hace el silencio. Ese silencio traicionero que parece decir: “Adelante, di algo…”. Y lo dices. Claro. Vocalizando bien. Y ya está. Lo dijiste.
Hace tiempo leí —o quizá lo escuché en la radio mientras doblaba ropa— que nuestro cerebro en su parte social está programado para evitar el rechazo del grupo. No es algo moderno ni dramático: viene de cuando pertenecer al grupo era literalmente sobrevivir. Por eso, cuando sentimos que hemos quedado como el culo delante de otros, el cuerpo reacciona como si estuviéramos en peligro real.
No es exageración. Hay estudios en neurociencia social que explican que la vergüenza activa zonas muy similares a las del dolor físico. Ósea, no, no es que seas exagerada, es que duele de verdad.
Puedes pensar o preguntarte ¿Y por qué nunca se nos ocurre una salida elegante?
¡Amiga! Esa es mi parte favorita del desastre. Porque mientras por dentro pensamos “di algo normal, di algo normal”, por fuera solemos hacer justo lo contrario, siiii... Nos explicamos de más, hacemos un chiste que no toca o intentamos arreglarlo… empeorándolo.
Tras una gigantesca metedura de pata, pensé esto debe poder evitarse. ¡Y si! Esto tiene truco. Bajo estrés social, el cerebro apaga las funciones más creativas y reflexivas. Lo leí en un artículo sobre la amígdala —esa pequeña alarma interna que decide cuándo estamos “en peligro”— y tiene todo el sentido del mundo. Cuando se enciende, no piensa en quedar bien: piensa en salir corriendo.
Por eso luego, en casa, fregando los platos, se nos ocurre la respuesta perfecta. Tarde. Siempre tarde.
Si lo piensas bien, quizás el problema no sea lo que dijiste, sino lo cruel que fuiste contigo misma después. Porque si lo piensas, la mayoría de la gente está demasiado ocupada pensando en sus cosas, o simplemente no le dan la misma importancia que tu a diferentes tipos de cosas.
Hay un concepto psicológico que me encanta: el efecto foco. Tendemos a creer que todo el mundo nos observa y nos juzga… cuando en realidad cada uno está bastante ocupado siendo protagonista de su propia película.
Una señora muy elegante, en una reunión en la que metí la pata estrepitosamente y en la cara me debió notar lo amargada que estaba después, se acerco y me dijo: "la próxima vez que digas algo así, para, sonríe y dí: ha sonado raro hasta para mí, eso romperá la tensión. Habrás metido la pata igual, pero te salvará."
Solo puedo decirte que funciona.
Puede que no podamos evitar decir cosas sin pensar de vez en cuando. Pero quizá sí podamos evitar quedarnos a vivir en la vergüenza como si fuera nuestra casa.
Si este texto te ha hecho asentir con la cabeza, o recordar ese momento que aún te visita antes de dormir… guárdalo, compártelo o mándaselo a alguien que sabes que lo necesita.
No para reírnos de ello.
Para sentirnos un poco menos solas.

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