Carnaval: cuando la alegría nació de la necesidad de sobrevivir

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 ¿Y si te dijera que el Carnaval no empezó como una fiesta… sino como una válvula de escape para el alma y el cuerpo?



Te lo cuento como me pasó a mí: entre comprar telas, buscar fotos para ser fiel al protagonista y preguntar a chatgpt, de pronto me pregunté, ¿quién narices inventaría lo del carnaval?, empecé a tirar del hilo. Y lo que encontré me dejó pensando.


El Carnaval tiene raíces muy antiguas. Mucho antes de los disfraces y las comparsas, ya existían celebraciones paganas como las Saturnales romanas o las fiestas griegas dedicadas a Dionisio. Eran días en los que se rompían las normas, se comía sin culpa y todos eran iguales. Estudios en antropología cultural explican que estas fiestas reducían el estrés colectivo y reforzaban la cohesión social, algo clave para la supervivencia de las comunidades.


Con la llegada del cristianismo, el Carnaval se colocó justo antes de la Cuaresma. No era casualidad. Era el último momento para disfrutar de alimentos energéticos —grasas, carnes, dulces— antes del ayuno. Desde la nutrición sabemos hoy que el cuerpo y la mente necesitan ciclos de restricción… pero también de disfrute. La Universidad de Yale ha estudiado cómo las celebraciones reducen el cortisol, la hormona del estrés.


Quizá por eso el Carnaval sigue vivo. No es solo una fiesta: es un recordatorio de que celebrar también es salud.


Así que seguiré cosiendo el disfraz de este año para mi hijo. No sé, si por salud o simplemente por amor.


💭 Tal vez compartir alegría, romper rutinas y reír juntos siempre fue —y sigue siendo— una forma de cuidarnos.




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