¿No te parece curioso?👀
Tenemos en el bolsillo más información que cualquier generación en la historia… y, sin embargo, nunca hemos dudado tanto.
En un móvil caben todas las bibliotecas del mundo. Estudios científicos. Expertos en nutrición. Opiniones. Gurús. Influencers. Gobiernos. Marcas. Todos hablando. Todos vendiendo algo: productos, ideas, miedo o soluciones milagro.
Y en medio… nosotras.
Madres que solo queremos algo muy simple: alimentar bien a nuestros hijos.
Cuando la información se convierte en ruido
Vivimos en la era de la hiperconexión y, paradójicamente, también en la era de la desinformación.
Según informes de la World Health Organization, la “infodemia” —el exceso de información, correcta e incorrecta— dificulta que las personas tomen decisiones saludables.
En alimentación infantil esto es especialmente doloroso.
Un día el gluten es el enemigo.
Otro día la leche.
Después el azúcar oculto.
Luego los aceites.
Y mientras tanto, los lineales del supermercado están llenos de productos con dibujos infantiles y listas de ingredientes que parecen fórmulas químicas.
¿Qué dice la ciencia de verdad?
Si escuchamos a uno de los mayores referentes mundiales en nutrición y salud pública, el doctor Walter Willett (Harvard T.H. Chan School of Public Health), el mensaje es sorprendentemente sencillo:
La base de una buena alimentación no está en eliminar obsesivamente alimentos, sino en priorizar comida real.
La evidencia acumulada durante décadas es clara:
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Dietas basadas en alimentos frescos reducen riesgo de obesidad y enfermedades metabólicas.
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El exceso de azúcares añadidos se asocia con mayor riesgo de obesidad infantil (según recomendaciones de la World Health Organization).
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El consumo elevado de ultraprocesados se relaciona con peor calidad nutricional y mayor riesgo de enfermedades a largo plazo.
Nada revolucionario.
Nada viral.
Pero profundamente sólido.
Entonces… ¿cómo deberíamos alimentar a nuestros hijos?
Después de leer estudios, escuchar a expertos y hacer muchas preguntas, lo resumiría así:
1️⃣ Prioriza alimentos reales
Verduras, frutas, legumbres, frutos secos (adaptados a su edad), huevos, pescado, carne de calidad, cereales integrales.
2️⃣ Reduce ultraprocesados
No hace falta demonizar un cumpleaños o una galleta ocasional.
Pero sí evitar que lo excepcional se convierta en cotidiano.
3️⃣ Vigila los azúcares añadidos
La OMS recomienda limitar su consumo al mínimo posible en la infancia. El problema no es la fruta. Es el azúcar escondido en yogures “infantiles”, cereales de desayuno o zumos envasados.
4️⃣ Lee etiquetas con calma
Desconfía de:
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Jarabe de glucosa-fructosa
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Grasas parcialmente hidrogenadas
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Listas interminables de aditivos innecesarios
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Reclamos como “natural” o “sin azúcar” cuando el producto es claramente ultraprocesado
5️⃣ Desconfía del miedo como estrategia de venta
Si un consejo viene cargado de urgencia, culpa o promesas milagrosas… probablemente no sea ciencia, sino marketing.
¿Qué consejos escuchar… y cuáles no?
✔️ Escucha a profesionales con respaldo científico, no solo seguidores.
✔️ Busca consensos, no opiniones aisladas.
✔️ Pregúntate siempre: ¿esto es sostenible en el tiempo?
❌ No sigas dietas extremas para niños sin supervisión médica.
❌ No elimines grupos enteros de alimentos por moda.
❌ No conviertas la comida en un campo de batalla.
La alimentación también es vínculo. Es cultura. Es calma.
Volver a lo sencillo es un acto revolucionario
En un mundo donde todos quieren influir en lo que compramos y pensamos, educar en comida real es casi un acto de resistencia.
No necesitamos ser nutricionistas perfectas.
Necesitamos criterio.
Y, sobre todo, serenidad.
Quizá la clave no sea tener más información… sino aprender a filtrar mejor.
Y eso, querida madre, ya es sabiduría.
