¿Quién estaba cuidando realmente de Maricarmen?

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¡Hola Sukis!

Mientras todos discutimos sobre alquileres, propietarios y desahucios, quizá dejamos de lado la pregunta más importante: ¿Estaba Maricarmen, mujer de 87 años recibiendo los cuidados que necesitaba?



He visto las imágenes de Maricarmen y, probablemente, mi primera pregunta no sea la misma que se está haciendo mucha gente.


No voy a entrar en si el propietario tenía derecho a recuperar su vivienda, en cuánto debía costar el alquiler ni en quién tiene la culpa política de lo sucedido. Hay suficientes personas debatiendo sobre ello.


A mí me preocupa otra cosa: ¿quién estaba cuidando de Maricarmen?


Hablamos de una mujer de 87 años, con una discapacidad reconocida del 50 %, que llevaba 71 años viviendo en la misma casa. Después de años de procedimientos judiciales, tensión y varios intentos de desahucio, finalmente ha salido de su hogar en una camilla y ha sido trasladada al hospital.


Y yo me pregunto cómo hemos permitido que una persona de esa edad haya tenido que llegar hasta ese extremo.


Por supuesto que nuestros mayores tienen derecho a decidir sobre su propia vida. Cumplir 80 años no convierte a nadie en un niño ni le quita automáticamente su capacidad para decidir dónde y cómo quiere vivir. Y tener reconocido un determinado porcentaje de discapacidad tampoco significa necesariamente que una persona no pueda vivir sola.


Pero respetar su autonomía tampoco debería significar mirar hacia otro lado.


Una residencia no tiene por qué ser un abandono, tenemos que quitarnos de la cabeza la idea de que llevar a una persona mayor a una residencia significa necesariamente "aparcarla".


Cuando una persona necesita cuidados, una buena residencia puede significar precisamente cuidarla.


Significa que alguien comprueba que come correctamente. Que hay profesionales cerca si se cae o se encuentra mal. Que tiene ayuda para aquello que ya no puede hacer sola. Que puede leer tranquilamente, participar en actividades, conversar, comer acompañada y relacionarse diariamente con otras personas.


Significa, en definitiva, que no está sola ante cualquier emergencia.


Y precisamente por eso me llama la atención otro dato del caso: Maricarmen rechazó una plaza de emergencia gratuita en una residencia que le había ofrecido el Ayuntamiento de Madrid y, tras abandonar la vivienda, la solución prevista era que permaneciera temporalmente con familiares.


Está en todo su derecho a querer seguir viviendo en su casa. Después de 71 años allí, puedo comprender perfectamente que para ella aquellas paredes no fueran simplemente una vivienda. Allí estaba prácticamente toda su vida.


Pero querer algo no elimina necesariamente la necesidad de cuidados.


¿Dónde termina la autonomía y empieza nuestra responsabilidad?


Ese es el debate que echo de menos.


Porque quizás como sociedad estamos tan preocupados por defender la independencia de nuestros mayores que a veces tenemos miedo incluso de preguntarnos si realmente están bien solos.


Y no hablo solo de Maricarmen.


Hablo de miles de personas mayores que viven solas. Algunas son perfectamente autónomas y quieren seguir siéndolo. Otras empiezan poco a poco a necesitar ayuda: para cocinar, asearse, organizar su medicación, hacer la compra, acudir al médico o simplemente para tener a alguien cerca.


No deberíamos decidir por ellas mientras puedan decidir por sí mismas.


Pero tampoco deberíamos esperar a una caída, una hospitalización o una situación límite para preguntarnos si necesitaban ayuda.


Yo no quiero quedarme solo con la imagen de la camilla, las imágenes del desahucio son durísimas. Pero precisamente por eso mi reflexión empieza mucho antes de que aparecieran policías, manifestantes y cámaras.


Maricarmen llevaba años atravesando este conflicto.


¿No había otra forma de protegerla durante todo ese tiempo?


Quizá la solución no tenía por qué ser obligatoriamente una residencia. Podría haber sido asistencia domiciliaria suficiente, acompañamiento, vivienda tutelada, convivencia familiar o cualquier recurso adecuado a su grado real de autonomía.


Eso deberían valorarlo profesionales y, mientras conserve capacidad para decidir, también ella.


Pero algo me cuesta aceptar: que nuestra única preocupación aparezca cuando una mujer de 87 años termina saliendo de su casa en una camilla.


Porque entonces quizá hemos llegado demasiado tarde.


Podemos discutir durante semanas sobre quién tenía derecho al piso.


Yo sigo haciéndome una pregunta mucho más sencilla: ¿Quién estaba cuidando realmente de Maricarmen?



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