¡Hola Sukis!
Puedo aceptar que un político cambie de opinión. Lo que no acepto es que utilice mi voto para hacer aquello que me aseguró que no haría.
Soy mujer y, como yo, la mayoría de nuestras lectoras lo son. Y hay una pregunta que me hago cada vez más: ¿a cuántas de nosotras nos gusta que nos mientan?
Que nos mienta el marido, una amiga, nuestros hijos… o un político.
Sí, un político. Porque la política también nos importa. Aunque hablemos de familia, hogar, bienestar o recetas, la política termina entrando por la puerta de nuestra casa. Afecta a nuestros hijos, a nuestra economía, a nuestra seguridad y al país en el que vivimos.
Y hay algo que me indigna profundamente. Y no puedo callarme, mi cuerpo entero dice... "Sueltalo".
Cuando yo doy mi voto a alguien, le estoy entregando mi confianza basándome en lo que me ha dicho que va a hacer, sobre su programa, compartiendo unos valores. No podemos olvidar nunca que MI voto es MI voz. No es un papelito sin valor que deposito en una urna para que, una vez conseguido el poder, alguien pueda utilizarlo como le venga en gana.
Y ahora parece que todo se arregla con cuatro palabras: «He cambiado de opinión».
¿Perdona? ¿Qué has qué? Me has utilizado.
Tú puedes cambiar de opinión, claro que sí. Pero ¿puedes hacerlo utilizando mi voto como aval para hacer precisamente aquello que me dijiste que no harías?
Porque entonces tenemos un problema de integridad, lealtad y sobre todo de honestidad.
Si yo te entregué mi confianza para A y tú terminas haciendo B, al menos tendrás que asumir que tengo derecho a sentirme engañada. No puedes pretender conservar intacta la legitimidad moral de aquella promesa mientras haces exactamente lo contrario.
En el momento que mientes, pierdes la legitimidad de mi voto.
A mí hubo un momento que me marcó políticamente.
Fue cuando escuché que alguien llegaba para poner fin a una situación de corrupción y que después convocaría elecciones. Un mes, dos meses... Cuando aquello no sucedió inmediatamente como yo había entendido que sucedería, se me erizó el pelo.
Nos dió una excusa cogida con pinzas. pero bueno, llegaron las elecciones y prometió no unirse a la Rata, y que España nunca dependería de los que quieren destruirla. Hay que recordar que LO PROMETIDO ES DEUDA. Los españoles no estaban muy convencidos, y para lograr el asiento hizo pactos y acuerdos con fuerzas políticas que, desde mi punto de vista, cuestionan profundamente la unidad de España. Es más que querían destruir España.
Y recuerdo perfectamente lo que pensé: Madre mía. Esto no va a acabar bien.
(Debo confesar que yo nunca lo he votado, por algo que sucedió mucho tiempo antes, pensé que una persona que hacía esto no era de fiar. Y así lo exprese en su día. Los que me conocen lo saben. Eso me da la paz de saber que yo no soy la responsable de muchas cosas que han sucedido desde entonces.)
Este personaje no ha sido nunca trigo limpio, y de aquellos lodos estos fangos.
Ahí dije: nunca más. Para prestar mi voz, tengo que estar muy segura de a quién se la doy.
Ese partido dejó de representarme. Dejó de representar mis valores y mi idea de integridad política. Y considero que también perdió entonces la confianza de muchísimos españoles que esperaban otra cosa.
Y aquí estamos.
Con una España en la que demasiadas familias han conocido la pobreza, la desesperación y situaciones verdaderamente dramáticas mientras asistimos a una política donde parece que la palabra dada cada vez pesa menos.
A mí eso me enfada.
Porque mentir está mal. Lo aprendemos desde pequeños. Se lo enseñamos a nuestros hijos. Exigimos sinceridad en nuestra pareja y lealtad a nuestros amigos.
¿Por qué íbamos a exigir menos a quienes gobiernan?
Un político debería poder rectificar cuando las circunstancias lo exijan, naturalmente. Pero rectificar exige explicar, justificar y asumir las consecuencias. Cambiar de opinión no puede convertirse en una contraseña mágica que borre lo prometido.
Yo no quiero dirigentes infalibles. Estaría bueno pedir perfección, cuando una no lo es.
Quiero dirigentes íntegros, leales y eficaces.
Personas que comprendan algo muy sencillo: cuando deposito una papeleta en una urna no estoy renunciando a mi voz.
Te la estoy prestando.
Y mi voto jamás debería ser un cheque en blanco.

