Queridas Sukis hoy hablaremos de como...
Afrontar el duelo por suicidio cuando las respuestas que buscamos quizá nunca lleguen
Hay pérdidas para las que no existen palabras suficientes. Perder a un hijo es una de ellas. Cuando, además, esa muerte se produce por suicidio, al dolor se añade una pregunta que puede acompañar a la familia durante mucho tiempo: ¿por qué?
ç¿Por qué no nos lo dijo? ¿Por qué no pidió ayuda? ¿Cómo no me di cuenta? ¿Hubo algo que podría haber hecho?
Buscar respuestas es humano. El problema aparece cuando convertimos esas preguntas en un juicio permanente contra nosotros mismos.
Una de las partes más difíciles del duelo por suicidio es aceptar que posiblemente nunca podamos reconstruir exactamente lo que estaba ocurriendo en la mente de nuestro hijo.
Podemos conocer algunas circunstancias, encontrar señales que ahora parecen evidentes o recordar conversaciones de otra manera. Pero mirar hacia atrás sabiendo lo que ocurrió cambia inevitablemente nuestra interpretación.
El sufrimiento psicológico puede alterar profundamente la manera en que una persona percibe su realidad. Desde fuera pueden existir personas dispuestas a ayudar, alternativas y motivos para continuar; quien atraviesa una crisis extrema puede no ser capaz de percibirlos de la misma manera.
Por eso, no comprender su decisión no significa que no conociéramos o no amáramos a nuestro hijo.
La culpa necesita espacio, pero no convertirse en hogar
Después de un suicidio aparecen con frecuencia pensamientos como «tenía que haberme dado cuenta», «debería haber insistido más» o «si aquel día hubiera hecho otra cosa…».
La mente intenta reconstruir el pasado porque necesita encontrar una explicación a algo insoportable. Pero existe una diferencia enorme entre preguntarnos qué ocurrió y responsabilizarnos de todo lo ocurrido.
No tenemos que expulsar la culpa a la fuerza. Podemos hablar de ella, llorarla y trabajarla, especialmente con ayuda profesional. Lo importante es evitar que termine definiendo toda nuestra relación con quien hemos perdido. Nuestro hijo fue muchísimo más que la manera en que murió.
Ligia M. Houben plantea algo esencial en su trabajo sobre la pérdida: aceptar la pérdida, vivir el duelo y expresar los sentimientos.
Aceptar no significa estar de acuerdo con lo sucedido ni dejar de echar de menos. Significa reconocer una realidad dolorosa para poder empezar, poco a poco, a convivir con ella.
Habrá rabia. Tristeza. Culpa. Incredulidad. Incluso momentos de risa que después pueden provocar remordimiento.
Todo eso puede formar parte del duelo.
No existe un calendario que determine cuándo deberíamos encontrarnos mejor.
El suicidio todavía está rodeado de silencio y estigma. Precisamente por eso resulta tan importante encontrar lugares donde poder hablar sin sentirnos juzgados.
La Organización Mundial de la Salud destaca el valor que pueden tener los grupos de apoyo para personas que han perdido a alguien por suicidio: compartir la experiencia puede romper ese silencio y permitir encontrar comprensión en otras personas que han atravesado una pérdida semejante. Estos grupos pueden ser un complemento, pero no sustituyen la ayuda profesional cuando es necesaria.
Buscar ayuda psicológica especializada en duelo no significa que no podamos con nuestra vida. Significa que estamos atravesando una de las experiencias emocionalmente más difíciles que puede vivir una persona.
Aprender a vivir no significa olvidar
Llegará un momento —cada persona tiene el suyo— en el que tendremos que permitirnos volver a vivir.
Comer bien. Dormir. Salir. Celebrar un cumpleaños. Volver a reír. Hacer planes.
Y quizá aparezca otra culpa: «¿Cómo puedo estar bien si mi hijo ya no está?»
Porque seguir viviendo no traiciona a quien hemos perdido.
Podemos conservar fotografías, contar sus historias, mantener pequeñas tradiciones, escribirle una carta o crear nuestros propios rituales para recordarlo. Houben habla precisamente de reconstruir nuestro mundo y encontrar una manera diferente de relacionarnos con la pérdida.
No se trata de dejar atrás a nuestro hijo. Se trata de aprender a llevar su recuerdo con nosotros sin que el dolor ocupe para siempre todo el espacio.
Porque sanar no significa olvidar. Significa conseguir que, algún día, al recordar su vida, el amor pueda pesar más que la forma en que terminó.
