Construí la vida que quería… pero olvidé con quién vivirla

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Antes de nada... ¡Hola Sukisss! Me encantaaaa.

Queridas Sukis de Sukigonbee:



Tengo 48 años y supongo que podría decir que me ha ido bien en la vida… ¡Qué frase tan estupenda para empezar una carta así! 😂 Pero es verdad. He trabajado mucho, bueno la verdad es que muchísimo, he perseguido mis metas, he aprendido, he crecido, me he equivocado unas cuantas veces (eso siendo generosa) y he vuelto a empezar. Siempre tuve muy claro que quería llegar a lo más alto de mi carrera profesional y sentir que mi vida era mía, tener mi profesión, mi independencia, mis cosas, mis viajes, mis proyectos… Ya sabes, todo eso que nos dijeron que teníamos que conseguir para sentirnos mujeres completas. Y lo conseguí. O al menos una buena parte.


El problema es que mientras estaba tan ocupada construyendo esa vida hubo otra parte a la que prácticamente no hice ni caso: el amor. Y no porque tuviera una experiencia traumática, nada de eso, ni porque un hombre me rompiera el corazón y jurase al más estilo Escarlata Ohara delante de una copa de vino que jamás volvería a enamorarme… ¡Nada tan cinematográfico! Fue algo mucho más simple... Simplemente nunca era el momento. Si aparecía alguien, tenía muchísimo trabajo. Si una relación empezaba a complicarse, anteponía mi trabajo. Si conocía a alguien estupendo pero yo estaba centrada en otra cosa, pues no le prestaba atención, ya lo haría más adelante… Total, había tiempo. Siempre había tiempo.


Y de pronto Sukis mías, tengo 48 años. Siiiii, 48 añazos, jefaza, rozo las 6 cifras y leo el blog de mi querida Miki. Amiga mía de toda la vida, y de la que me siento muy unida.


Lo curioso es que a mí la soledad no me asusta. ¡En absoluto! Sé estar sola y, para qué engañarnos, muchas veces estoy maravillosamente bien sola. Me gusta mi casa, mi silencio, hacer lo que me da la gana, decidir a qué hora como, viajar sin negociar destinos, dormir atravesada en la cama si quiero y sentarme a tomar un café sin necesitar que haya alguien enfrente. No necesito a otra persona para sentirme bien, pero no me siento completa y tampoco quiero ahora salir corriendo a buscar a cualquiera para rellenar un hueco. Dios me libre… ¡A estas alturas, mejor sola que mal acompañada!


Pero hay algo que me pasa todos los días. Y cuando digo todos, quiero decir todos. Siempre aparece algún pequeño momento que me toca donde más duele… Una familia haciendo la compra un sábado, una amiga protestando porque su hijo adolescente se ha comido lo que había preparado para mañana, una madre diciendo que lleva tres noches sin dormir porque su hija ha salido, una pareja discutiendo por una tontería mientras empujan el carrito del supermercado… Y yo los miro y pienso: «Qué pesadilla». Y cinco segundos después pienso: «Dios… cómo me habría gustado vivir esa pesadilla».

Porque esa es la parte que cuesta explicar. Yo quería una familia. Quizá no lo sabía entonces con la claridad con la que lo sé ahora, o quizá sí lo sabía pero siempre lo fui dejando para después. Me habría gustado enamorarme de alguien y construir una vida juntos. Tener nuestras bromas absurdas, nuestras discusiones repetidas durante veinte años, saber exactamente cómo quiere el café y seguir preguntándoselo solo para fastidiar… Tener una casa que no fuera solamente mía, sino nuestra.

Y sí… me habría gustado ser madre. Muchísimo.

No porque piense que una mujer necesite tener hijos para realizarse. ¡Por supuesto que no! Precisamente yo soy la prueba de que puedes tener una vida llena, interesante, divertida y absolutamente tuya. Pero una cosa no quita la otra. Yo quería ser madre. Y ahora puedo decirlo sin discursos, sin justificarme y sin tener que convertirlo en una reivindicación de nada. Lo quería porque sí. Porque estaba dentro de mí. Porque me habría encantado conocer a esa mujer en la que me habría convertido teniendo un hijo.

A veces imagino cosas absolutamente ridículas… Una mesa llena de ruido, unas zapatillas tiradas donde no deben, un «mamá, ¿qué hay de cenar?» cuando acabo de sentarme, un marido preguntándome dónde están sus llaves mientras las tiene delante de las narices… ¡Y probablemente, si hubiera tenido todo eso, ahora estaría escribiendo una carta diciendo que necesito irme tres días sola a un hotel! 😂 Somos así. Pero habría querido vivirlo. Lo bonito, lo agotador, lo desesperante, lo maravilloso… todo.

Y claro que sé que estoy idealizando. Las familias tienen problemas, las parejas se rompen, los hijos preocupan, hay facturas, noches sin dormir, enfermedades, discusiones y días en los que una probablemente se pregunta en qué momento tuvo la maravillosa idea de formar una familia. Lo sé. Pero cuando deseas algo de verdad no deseas solamente la fotografía bonita… deseas también el caos que viene con ella.

Lo que más me duele quizá sea pensar que durante años creí que tenía que escoger. Primero mi carrera, después mi estabilidad, después mis proyectos, después viajar, después encontrarme a mí misma… y después ya vendría todo lo demás. Siempre después. Como si la vida fuera una lista perfectamente ordenada y alguien fuese a avisarte: «Enhorabuena, ya has terminado la fase de realización personal. Puede pasar ahora a la ventanilla número 4 para solicitar marido e hijos». Pues resulta que no funciona así. ¡Qué sorpresa!

Ahora la gente me dice que todavía soy joven, que nunca se sabe, que puedo enamorarme mañana, que existen muchas maneras de construir una familia… y tienen razón. No quiero escribir esta carta como si mi vida hubiera terminado porque no lo ha hecho. Tengo 48 años, tengo ganas, proyectos, amigos, planes y todavía puedo enamorarme como una idiota… ¡espero! Pero también creo que tenemos derecho a reconocer que hay sueños que necesitan tiempo. Y que admitirlo no significa vivir amargada ni arrepentirse de todo lo anterior.

Si pudiera sentarme hoy frente a la mujer que fui con treinta años, no le diría que dejara su trabajo. Ni que viajara menos. Ni que renunciara a sus sueños. Ni muchísimo menos que buscara desesperadamente un marido porque «se le pasa el arroz»… ¡menuda conversación de terror! Le diría exactamente lo contrario: estudia, trabaja, viaja, crece, equivócate, gana tu dinero, construye una vida que sea tuya y no dependas de nadie para ser feliz.

Pero después le cogería la mano y le diría algo más…

Si también sueñas con una familia, no la dejes siempre para después.

Hazle sitio.

Porque quizá ese fue mi error. No elegirme a mí misma. Eso estuvo bien. Mi error fue pensar que querer una familia significaba dejar de elegirme.

Hoy adoro muchas cosas de mi vida. De verdad. No cambiaría quién soy ni borraría todo lo que he vivido. Solo hay noches en las que entro en casa, dejo las llaves, me quito los zapatos y el silencio, ese silencio que tantas veces disfruto, pesa un poquito más de la cuenta…


Y pienso en esa familia que nunca tuve. No con amargura. Bueno… algunos días un poquito sí, tampoco voy a mentir.


Pero sobre todo con una enorme ternura hacia esa vida que imaginé tantas veces y que fui dejando para mañana.


Supongo que por eso os escribo. Porque quizá haya alguna Suki de treinta y tantos leyendo esto mientras corre de un lado para otro intentando conseguirlo todo. Y no quiero decirle qué vida tiene que elegir. Solo quiero decirle algo que a mí me habría gustado escuchar:


No tienes que escoger entre construirte a ti misma y construir una familia.


Y si las dos cosas viven dentro de ti… cuida las dos.


Porque ahora sé que mi mayor aventura quizá no estaba en otro ascenso, otro viaje ni otro proyecto. Quizá estaba en volver a casa y escuchar: «¡Mamá, ya estás aquí!». Y mira tú qué ironía…


Tantos años intentando llegar lejos para descubrir que una de las cosas que más deseaba era tener un lugar y unas personas a las que volver. En fin, esí es la vida.


Una Suki de 48 años.



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