Vacas, verano y siestas peligrosas

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¡Hola Sukis! 

La vida a finales de los 80 principios de los 90 era genuinamente maravillosa.



Mis padres eran de los ochenta. Eso no era una época: era un régimen político con bocadillo de choped.


Eran autoritarios, rígidos, de “aquí se hace lo que yo digo”… pero luego llegaban las vacaciones en el pueblo, bueno en la aldea y te soltaban como si fueras una cabra montesa.


—No hables con desconocidos.
—No te alejes.
—Ten cuidado con los coches.
—Y no vuelvas tarde.


Y tú tenías nueve años, un pantalón corto, una coleta torcida y la libertad absoluta de recorrer la aldea y sus campos enteros sin GPS, sin móvil y sin que nadie supiera muy bien dónde estabas.


Mi hermana, mi prima y yo teníamos un amigo que vivía al final de la calle, y el tenía vacas, no una ni dos, tenía como cien vacas. Y aquello nos parecía Disney, pero con más moscas y un olor que se te quedaba dentro del alma. El cual nuestra madre odiaba.


La madre del niño era encantadora, pero tenía voz de sargento de esos que salen en las pelis que dan verdadero terror, pero al final de la peli adoras.


—Aquí no se juega hasta que entre el camión del pienso.


Y claro, nosotros no éramos niños. Éramos mano de obra infantil con muchísima ilusión.


Allí estábamos, carrillo y pala en mano, metiendo pienso en el granero. Después limpiábamos los comederos, que yo no sé cómo se llamaban, pero eran como barras de bar para vacas: ellas allí, rumiando, mirándote como diciendo: “Niña, limpia bien eso”.


Luego había que llenar los bebederos repartidos por todo el campo. Acabábamos muertos. Reventados. Con nueve años y famélicos, como si lleváramos años, que digo, siglos sin comer.


Pero llegaba el premio: magdalenas.


La madre nos daba unas magdalenas y nosotros nos íbamos a comerlas encima de una montaña de unos 4 metros de altura de alpacas. Que para quien no lo sepa, una alpaca es como un colchón rural: pica, huele raro y, si hace calor, te deja frito en dos minutos.


Un día hacía un calor de esos que te derrite hasta las ideas. Terminamos de trabajar, nos comimos las magdalenas y nos quedamos dormidos encima de las alpacas.


Dormidos.


Mientras tanto, en la aldea, la gente pensaba que cuatro niños habían desaparecido.


Que si se habían caído a un pozo. Que si se los había llevado algún forastero. Que si alguien los había visto por el camino. Que si llamamos a la Policía Local. Que si llamamos a la Guardia Civil. Que si llamamos a todo el mundo.


Y nosotros, profundamente dormidos sobre una montaña de paja, como cuatro bebes se duermen profundamente hartos de llorar.


Nos despertamos, bajamos tan tranquilos y nos fuimos a la plazoleta de la aldea, que era donde jugábamos siempre. Allí estaba toda la aldea, policías, una pareja de guardias civiles… aquello parecía que estaban rodado un capítulo de Brigada Central.


Le preguntamos a una niña más pequeña y muy redicha:

—¿Qué pasa? ¿Por qué hay tanta gente?


Y ella, encantada de saber algo que nosotros no sabíamos:

—Están buscando a unos niños.


Y nosotros:

—¡No me digas! ¿A quién? 

Ella se encogió de hombros. Y nosotros preocupados nos pusimos a buscarlos. Vimos a un guardia y nos unimos a él.


Una hora.


Una hora buscando a los niños desaparecidos con un guardia civil. Preguntando, mirando por las 2 calles y media, el camino, muy implicados nosotros en la busqueda. Porque cuando eres niño, tú no piensas: “Igual somos nosotros”. Tú piensas: “Pobrecitos esos niños. Ojalá aparezcan”.


Hasta que de pronto la madre de nuestro amigo, nos vio y le dijo al guardia civil:

—¡Son estos! ¡Son estos los que estáis buscando!


Y nosotros que no entendíamos nada nos reímos.


Porque, no me diréis que la historia no era buenísima. Si nos hubiésemos ido en busca de un policía local, que nos conocían a todos, pero nos fuimos con el más jovencito de los dos hombres de la Guardia Civil. Y claro.


Los adultos no se rieron. Nada.


Ahí descubrimos que hay dos formas de vivir una misma aventura. Para un niño, desaparecer unas horas y acabar colaborando en tu propia búsqueda es una anécdota legendaria. De hecho, cuando nos vemos aún la contamos. Pero, para una madre, es una tarde de angustia, llamadas, miedo y ganas de darte unos buenos azotes incluido el lanzamiento de alpargata made in Spain.


Nos castigaron, por supuesto. Y a mi hermana y a mi nos hicieron fregar los platos todo el verano. Pero también aprendimos cosas. Aprendimos a trabajar, a ayudar, a cansarnos de verdad, a saber de dónde sale la leche y a respetar a los animales.


Luego, años más tarde, me enteré que cuando aquellos niños crecieron, vendieron las vacas.


Normal.


Porque una cosa es jugar a ser ganadero con nueve años, comerte una magdalena y dormir en alpacas… y otra muy distinta levantarte a las seis de la mañana todos los días para limpiar comederos.


Pero aquellos padres de los ochenta tenían algo extraño: podían darte un castigo monumental y, al mismo tiempo, dejarte vivir aventuras que hoy nadie permitiría.


Y quizá por eso tenemos tantas historias.


Porque no teníamos móvil para que nos localizaran.


Pero teníamos pueblo, verano, magdalenas… y una aldea entera buscando a cuatro niños que estaban ayudando a buscarlos.




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