La fotografía antigua que algunos nunca cambian

0
¡Hola Sukis! 💛

Hay personas que solo conocen tu ayer



Ayer volvió al pueblo una chica que hacía años que no veía.


Tendrá unos veintiséis años. Hablaba con seguridad, con calma, con esa serenidad que da haber aprendido a caminar por la vida. Mientras la escuchaba pensé que transmitía confianza. Se notaba que había estudiado, que había vivido fuera, pero sobre todo... que había crecido.


Entonces unas mujeres comentaron:

—Es que estudió en Madrid.

Y, casi sin dejar terminar la frase, empezaron a aparecer los recuerdos.

—Pues de pequeña era muy tímida.

—No hablaba con nadie.

—¿Recuerdas que era muy torpe?

—Quién la ha visto y quién la ve... ¿No es hija de "fulanito"? Pero... ¿qué se cree?


Me quedé callada.


No porque aquellas personas fueran malas. Todo lo contrario.


Estoy convencida de que hablaban con absoluta naturalidad. Sin maldad. Simplemente estaban recordando a la niña que conocieron.


Pero mientras las escuchaba pensé en algo que, quizá... y me incluyo... todos hacemos alguna vez en la vida.


Seguimos mirando a las personas con los ojos del pasado.


Y me pregunté cuántas veces me ha pasado eso mismo a mí...


Aún recuerdo un verano que vine de permiso al pueblo. Yo estaba en Madrid, trabajando y estudiando en la universidad. Mi madre me pidió que la ayudara unos días recogiendo pimientos en el campo. Y sin dudarlo lo hice.


Al cuarto día me vio un hombre y me dijo, todo contento:

—Para eso has quedado... tanto estudio y tanto trabajar... Cada uno viene de donde viene.


Recuerdo quedarme flipadísima mirando a ese hombre, al que yo ni conocía. Pero mi primo se reía con él y le dijo:

—Si esto era un saquito de huesos... vamos a ver si puede terminar los días.


Y entonces entendí algo curioso...

Aquel hombre se había quedado treinta años atrás. En la vida que había tenido mi madre. Entendía que ella nunca podría permitirse que su hija estudiara fuera o tuviera una vida, según él, medio decente. Cuando la realidad era que mi madre llevaba muchísimos años habiendo cambiado esa historia.


Y mi primo... simplemente seguía viendo a la niña canija de seis años.


Pero esto le pasa a casi todo el mundo.


¿Cuántas veces alguien habrá seguido viéndonos como la chica insegura... el niño despistado... la madre primeriza... la persona que cometió un error hace diez años?

Y te paras a pensar... Y ves que, para algunas personas, el tiempo pasa... pero solo para ellas.


Tú puedes haber estudiado, trabajado, madurado, reconstruido tu vida, haber aprendido de tus errores... da igual.


Ellos siguen hablando de ti como si todavía tuvieras quince años.


Mientras volvía a casa me vino a la cabeza una frase que escuché siendo niña en catequesis. PepToni, el cura de mi infancia, la repetía muchas veces:

"Nadie es profeta en su tierra."


Nunca la había entendido de verdad... hasta ese momento.


Al llegar a casa busqué el pasaje en la Biblia y allí estaba.

(Mateo 13, 54-58).

"Fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero?...». Y Jesús les dijo: «Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta»."

Entonces lo entendí.


Habían decidido que la historia de Jesús terminaba donde ellos la habían conocido. Como el hijo del carpintero. Punto.


Quien me conoce sabe la de vueltas que le doy a la cabeza...


Pensé en esta chica... en lo mucho que había progresado... en lo distinta que se la veía... profesional, feliz, con ese aire de confianza de las personas que ya saben quiénes son.


Y pensé que, quizás, una de las cargas más pesadas que podemos llevar no sea el trabajo, ni las preocupaciones, ni siquiera los problemas...


Sino intentar demostrar continuamente que ya no somos quienes fuimos.


Hay personas que nunca actualizarán la imagen que tienen de nosotros. Y está bien.


Yo misma dejé hace mucho de intentar demostrar que no solo era la nieta de mi abuelo o la hija de mi madre. Simplemente entendí que era mejor no invertir mi tiempo... (porque no tenemos una vida infinita) en convencer al mundo de cuánto hemos cambiado, cuánto hemos aprendido o todo lo que hemos conseguido.


Al fin y al cabo solo tenemos esta vida... Solo una.


Y si lo piensas... es demasiado valiosa para gastarla intentando pagar deudas emocionales que nadie nos ha pedido realmente.


Porque hay personas que no quieren ayudarte... Quieren ser imprescindibles para siempre.


Y eso son dos cosas completamente distintas.


Un ejemplo muy claro es cuando le dices a alguien:

—Voy a echar el currículum en tal empresa.

Y esa persona, sin que tú se lo hayas pedido, responde:

—Yo conozco a fulano... le diré que te pruebe.


Empiezas a trabajar.


Y ahora se pasa veinte años recordándote que tienes ese trabajo gracias a él.


Que le debes lealtad. Que sin él no estarías allí. Pero... si lo piensas...


Nunca sabrás si te cogieron por tu currículum o porque habló con alguien.


Y si te hicieron una prueba de quince días y llevas veinte años trabajando allí... Digo yo... no sé... llamame loca... que algo habrás tenido que ver tú. ¿No?


Voy a esto... La chica del pueblo probablemente ni siquiera era consciente de aquella conversación. Y quizá esa sea la mejor noticia, mientras algunos seguían hablando de quién había sido, ella ya estaba ocupada siendo quien es.


Creo sinceramente que ahí está la verdadera libertad.


En aceptar que habrá personas que siempre nos recordarán con el uniforme del colegio, con el primer trabajo, con nuestros errores o con nuestros miedos.

Pero nosotros ya no estamos en el ayer, de hecho no vivimos ahí. Vivimos aquí. En el hoy.


Y el tiempo pasa demasiado deprisa como para cargar con la necesidad de obtener el reconocimiento de quienes decidieron quedarse mirando una fotografía antigua.


Porque con el tiempo he aprendido algo muy valios: que crecer también significa dejar de pedir permiso para hacerlo.


Quizás nunca consigamos que algunas personas dejen de vernos como aquella niña tímida, aquel adolescente inseguro o aquella madre que empezaba.


Y... ¿sabéis qué? No pasa nada. Porque mientras ellas siguen mirando una fotografía antigua...


Nosotros ya llevamos años escribiendo capítulos nuevos.


Al final, la mayor victoria no sea que los demás reconozcan en quién nos hemos convertido, sino seguir caminando... aunque nunca lleguen a hacerlo.


¡Feliz domingo, Sukis! 💛



Artículo redactado por personas y revisado con ayuda de inteligencia artificial para mejorar su claridad y calidad.


Entradas que pueden interesarte

Sin comentarios