Basura, escobas y desapariciones misteriosas

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 ¡Hey, Sukis!

¿Por qué en mi casa desaparecen cosas?



En todas las familias hay una persona a la que no puedes dejar sola. En la mía era mi madre. Y no porque rompiera cosas. Porque las hacía desaparecer.

Mi madre siempre dice que de pequeña era muy buena. Y que ayudaba a su madre siempre. Y yo la creo. Lo que pasa es que había un pequeño fallo en su concepto de "hacer las cosas bien".


Era la quinta de doce hermanos. Si has oído bien, doce. En aquella casa, como en la mayoría de casas de España no había una familia; había una parte del censo municipal. 


Mis abuelos trabajaban, las hermanas mayores ya estaban fuera y cada niño tenía una misión. Y 'cuidaito' de no cumplirlas.


A mi madre, con siete años, le tocaba barrer el salón, la cocina y los baños antes de ir al colegio.


Y todos los días aparecía una profesora jovencita, que tenía fe, en que aprendieran, para llevarlos o más bien para asegurarse que iban al cole.


Por las mañanas, esa casa era un campo de batalla. y a medida que se acercaba la hora de ir a clase se convertía en una cuenta atrás.


"¡Cinco minutos para salir!" Decía su hermano mayor.


Mi madre miraba el suelo y pensaba: "No me da tiempo."


Así que inventó un sistema revolucionario de limpieza: Cogía la escoba. Hacía un montón enorme. Y todo lo que estuviera en el suelo... ABSOLUTAMENTE TODO... iba para la caja de la basura.


Da igual lo que fuera:

Una zapatilla... Pa' dentro.

Un cucharón... Pa' dentro.

Los deberes de un hermano... Pa' dentro.

Una rebeca... Pa' dentro.


Yo estoy convencida de que si mi abuelo se hubiera quedado dormido en el suelo cinco minutos...

también habría acabado dentro.


Porque para ella existía una sola norma: "Si está en el suelo... es basura."


Cuando llegaba la señorita, mi madre estaba impecable. El suelo despejado, la escoba en su sitio. Las manos limpias. Y una sonrisa de satisfacción que decía: "Mi madre va a alucinar de lo bien que lo he hecho"... Y se iba al colegio orgullosísima.


El problema empezaba media hora después.

Mi tía (su hermana pequeña):

—¿Alguien ha visto mi zapato?

Silencio.


Mi tío (su hermano pequeño):

—¿Dónde están mis cuadernos?

Silencio.


Otro:

—¡Aquí falta un tenedor!

Silencio.


Mi tio mayor:

—¿Y las llaves de la moto?

Silencio.


Aquella casa parecía un capítulo de Superagente 86... Todo el mundo buscando cosas, levantando cojines, mirando debajo de las camas, registrando armarios.


Allí existía una especie de triangulo de las Bermudas, en el cual todo desaparecía, mientras tanto... mi madre... en el colegio... aprendiendo a leer, a sumar y restar... sin saber que había provocado otra catástrofe doméstica.


Lo mejor es que nadie sospechaba de ella. Porque claro... ¿cómo vas a pensar que una niña de siete años ha tirado un zapato a la basura?


Eso no entra en la cabeza de nadie, hasta que un día alguien debio decir: "Vamos a mirar en la basura... por probar." Y aquello no era basura. Con razón el basurero recogía a parte la basura de la casa de mi abuela. Porque señores, eso no era porquería de una casa... eso era la cueva de Alibaba, con tesoros de todas clases... Ropa, cubiertos, juguetes, libros, libretas, monedillas, retales... 


Y no descarto que apareciera algún hermano diciendo: "¿Ya puedo salir?"


Lo más gracioso es que mi familia no pasaba necesidades económicas. Así que muchas veces, por no decir casi todas, ni se molestaban en rescatar las cosas... Las daban por perdidas y simplemente compraban otras. 


Imaginate el negocio para el tendero, que casi todos los días le vendía lo mismo a esos niños... Unos zapatos nuevos. Cuadernillos, juegos de cubiertos... Mi madre sin saberlo impulsó la economía de su pueblo gracias a su sistema y su escoba. 


Ahora entiendo por qué mi madre no soporta que haya cosas tiradas por el suelo... No es una manía... Es que lleva sesenta años peleada con el desorden... Porque ella aprendió muy pequeña que una casa ordenada es maravillosa... pero también descubrió que, si te organizas demasiado... puedes acabar tirando media familia sin darte cuenta.


Y ahora entiendo por qué, en tercero, un día aparecí a mitad de curso sin los libros del cole... ¡Cosas de la vida! O de mi madre... a saber.




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