¡Buenos días, querid@s amig@s! ✨✨✨
Y lo inevitablemente humano 🧘🏻♀️
Por un momento, hoy me planteé escribir sobre la Semana Santa y sobre toda esa tradición de imágenes, cofradías, rezos, palios, nazarenos, bandas de música, cirios, incienso, silencio y devoción que, personalmente, me emociona año tras año. 🥁🕯️🎺
Pero enseguida apareció también una cierta tristeza. Porque, aunque la Semana Santa convierte el sufrimiento en algo bello, casi artístico, hay otra realidad que convive con ella: muchas de las personas que forman parte de esta tradición llevan su propia procesión por dentro. 💔💔
Y eso me hizo detenerme a pensar en cuántas veces hacemos lo mismo: adornar nuestro propio dolor para que, si no resulta bello, al menos sea más fácil de sostener.
Así que he decidido dejarlo para otro año y, como lo prometido es deuda, hoy os contaré una anécdota de una de mis últimas experiencias, de la que me llevé un gran aprendizaje.
Os sitúo en la escena:
Una noche de luna llena. Un frío intenso. Y un grupo de personas reunidas alrededor de un fuego sagrado. 🌕❄️🔥
Porque el fuego no es sólo práctico, no está ahí únicamente para calentar piedras, sino que encierra un profundo valor simbólico: transformación (todo lo que toca cambia), purificación, energía vital.
A su alrededor, cánticos y ofrendas. 🎶🪘🫴🏻
Las ofrendas (flores, comida, tabaco, etc.), representan lo que cada uno decide entregar: gratitud, una carga que desea soltar, una petición.
Los cánticos, por su parte, tienen un efecto muy concreto: sincronizan a las personas, acompasan la respiración, crean un ritmo común, generan sensación de comunidad y ayudan a soltar esa vergüenza inicial.
A estas alturas, quizá algunos ya lo hayáis reconocido: se trata de un Temazcal.
El temazcal proviene de tradiciones mesoamericanas y se considera una especie de “vientre” simbólico al que se entra para renacer. No es solo una experiencia física, sino también ritual y espiritual.
En una estructura similar a un tipi se lleva a cabo esta ceremonia de reconexión con los cuatro elementos:
- fuego (las piedras calientes)
agua (que, al verterse sobre ellas, genera el vapor)
aire (la respiración)
tierra (el propio espacio que nos sostiene)
Antes de entrar, todavía estás “fuera”: con la mente activa, las preocupaciones, el ruido de siempre. Todo el ritual previo va creando una expectativa de profundidad, de recogimiento, incluso de cierta solemnidad. Te predispone a vivir algo importante. 🤯🙏🏻
Y entonces llega el momento…⌛⌛
La persona que guía la experiencia, sosteniendo todo ese espacio, indica que puedes pasar al interior.
Es como cruzar un umbral, no solo físico, sino también emocional.⛩️
Accedes de rodillas, casi gateando. Te vas colocando en el suelo, en círculos concéntricos, muy cerca unos de otros, en ropa interior o sin ella, según prefieras. Oscuridad total. Silencio absoluto. Respiraciones conscientes. Introspección. Conexión con uno mismo.
El ritual comienza. Al verter el agua sobre las piedras ardientes, se eleva un vapor denso que, junto con las hierbas aromáticas y los cánticos, envuelve el ambiente y favorece una sensación de conexión, relajación y apertura.
Y aquí va la anécdota…
Durante el proceso, la puerta se abre varias veces para introducir más piedras calientes. En una de esas ocasiones, cuando la temazcalera anuncia en voz alta “¡Puerta!”, obtiene por respuesta algo inesperado: una sonora y estridente ventosidad. 💨💨
Y, desde algún punto del grupo, alguien responde con un solemne “¡Ahó!”, que significa “así es y que así sea”. 🙇🏻♀️🙇🏻♀️
Nadie dice nada, pero todos lo han escuchado. 🙉🙈🙊
Se instala un momento de incomodidad compartida. También de risas reprimidas.
De esas emociones que todos sentimos… pero que nadie nombra. 🤭🤭🤭
Porque en espacios de introspección muchas veces intentamos hacerlo perfecto: sentir lo correcto, reaccionar como se espera, ser “profundos”. Esa presión invisible de estar a la altura del momento.
Y aquí llega el aprendizaje…📚🧐
La ventosidad rompe todo eso.
El cuerpo no negocia. Puedes intentar mantenerte en un estado espiritual, pero el cuerpo sigue su propio ritmo. Y en eso hay una honestidad brutal: expresa justo lo que ocurre, sin filtros, sin intención de quedar bien.
Ahí aparece, de golpe, la tensión entre lo espiritual y lo absurdamente humano.
¿cuántas veces intentamos vivir procesos profundos desde una idea demasiado solemne? 🤷🏻♀️🤷🏻♀️
todos hemos vivido momentos así.
todos hemos intentado disimular algo imposible.
no todo proceso profundo es bonito.
el cuerpo no entiende de momentos “perfectos”.
lo humano irrumpe, aunque intentemos controlarlo.
A veces no necesitamos hacerlo mejor, ni más profundo, ni más bonito…sólo más real. Aunque eso incluya momentos incómodos, torpes o incluso ridículos.
Por eso, te invito a escribir desde ahí.
A escribir sin intentar que suene bien.
A contar una experiencia incómoda sin adornarla.
A dejar salir eso que normalmente censurarías.
Y si en algún momento dudas, hazte una pregunta sencilla: “¿Esto suena bonito… o suena real?” 🤔
Y, desde ahí, ajusta hacia lo real. 🙌🏻🙌🏻
¡Nos leemos la semana que viene, si así lo deseas! 💖💖💖


Precioso relato ,ni más nienos que los anteriores .Felices Pascuas
ResponderEliminarLo cierto es que en los momentos de relajación y conexión espiritual, siempre hay un movimiento de tripas que escapa a nuestro control
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