¡Hola Sukis!
Ahorrar más. Gastar menos. Quitarme ese préstamo. Llegar a final de mes sin mirar la cuenta con miedo...
Tener un colchón por si ocurre algo. Poder irnos de vacaciones sin pagarlas durante los seis meses siguientes...
Todos tenemos algún deseo relacionado con el dinero. El problema es que un deseo financiero no es todavía una meta financiera.
Decir «este año quiero ahorrar» sirve de poco si no sabemos cuánto, para qué, antes de cuándo y de dónde va a salir ese dinero.
Y aquí aparece una idea mucho más poderosa de lo que parece: poner nuestros objetivos por escrito y convertirlos en acciones concretas.
La profesora de Psicología Gail Matthews, de la Dominican University of California, estudió precisamente la relación entre escribir los objetivos, comprometerse con determinadas acciones y rendir cuentas sobre los avances. Sus resultados mostraron que escribir los objetivos mejoraba significativamente su consecución y que quienes además comunicaban periódicamente sus progresos a otra persona obtenían mejores resultados.
Aplicado a nuestra economía familiar, la enseñanza es bastante sencilla: no basta con pensar «tenemos que gastar menos». Hay que convertir ese pensamiento en algo que podamos ver, medir y revisar.
Pero ¿cómo se hace sin convertir nuestra casa en un departamento de contabilidad?
¿Qué debo observar antes de ponerme una meta?
Antes de ahorrar hay que saber cómo vivimos económicamente de verdad.
Y aquí conviene olvidarnos durante un momento de cómo creemos que gastamos.
Coge los movimientos bancarios de los últimos dos o tres meses y observa.
¿Cuánto dinero entra realmente en casa? ¿Cuánto necesitamos para vivienda, suministros, alimentación, transporte, seguros o educación? ¿Cuánto gastamos en compras pequeñas? ¿Cuánto desaparece en gastos que apenas recordamos?
No se trata de sentirse culpable.
Se trata de obtener una fotografía.
Porque quizá descubras que tu problema no son los cafés de dos euros. Puede que sean 95 euros mensuales en suscripciones, un seguro que nunca has revisado, demasiada comida que termina en la basura o varias compras financiadas que juntas se han convertido en una mensualidad importante.
No recortes todavía. Primero observa.
¿Cómo convierto un deseo en una meta financiera?
Imagina que dices: «Quiero ahorrar más». Es demasiado abstracto.
Prueba con: «Quiero ahorrar 1.200 euros durante los próximos 12 meses para crear un pequeño fondo de emergencia».
Ahora tenemos una cifra: 1.200 euros.
Tenemos un plazo: 12 meses.
Y podemos traducirlo en una acción: aproximadamente 100 euros mensuales.
De pronto el objetivo deja de ser una intención y aparece la verdadera pregunta: ¿De dónde voy a sacar esos 100 euros cada mes?
Ahí empieza el trabajo interesante.
¿Tengo que ahorrar muchísimo para que merezca la pena?
No.
Uno de los grandes errores de la economía doméstica es pensar que, si no podemos guardar una cantidad importante, ahorrar 20, 30 o 50 euros no sirve para nada.
Sirve.
Especialmente porque estamos creando un hábito.
Una familia que consigue reservar 50 euros todos los meses termina el año con 600 euros que antes no tenía. Si más adelante puede aumentar esa cantidad, estupendo.
Por eso una meta financiera debe ser ambiciosa, pero compatible con nuestra realidad.
Ponerte como objetivo ahorrar 500 euros al mes cuando normalmente solo te quedan 120 probablemente terminará frustrándote.
Empieza por una cifra que puedas mantener.
¿Qué medidas podemos tomar en casa?
Aquí suele estar una buena parte de nuestra capacidad de ahorro.
No necesariamente viviendo peor, sino organizando mejor lo que ya hacemos.
Revisa el frigorífico antes de comprar. Planifica varias comidas con aquello que ya tienes. Congela antes de tirar. Compara el precio por kilo y no solamente el precio del envase. Agrupa desplazamientos cuando sea posible. Revisa periódicamente tarifas de teléfono, internet, energía y seguros.
Y establece una pequeña norma familiar: antes de comprar algo, preguntarnos si lo necesitamos, si ya tenemos algo que cumple la misma función y si comprarlo nos aleja de nuestro objetivo.
Puede parecer insignificante, pero cambia la manera de consumir.
¿Qué gastos superfluos podemos dejar de hacer?
No existe una lista universal porque cada familia tiene prioridades diferentes.
Para una persona, salir a desayunar el sábado puede ser completamente prescindible. Para otra, puede ser uno de los pequeños placeres que quiere conservar.
Por eso prefiero hablar de gastos inconscientes en lugar de gastos inútiles.
Son esas suscripciones que apenas utilizamos. Las compras online hechas por aburrimiento. Los gastos de envío por no esperar. La comida que compramos sin planificación y termina caducando. Las comisiones bancarias evitables. Las aplicaciones que seguimos pagando. Las pequeñas financiaciones que nos hacen creer que algo es barato simplemente porque cuesta «solo 19,99 € al mes».
Busca primero ahí.
Una buena economía doméstica no consiste en eliminar todo aquello que nos hace felices. Consiste en dejar de pagar por aquello que ni siquiera valoramos.
¿Debemos tener un presupuesto familiar?
Sí, pero no necesitas una hoja de cálculo con 48 categorías.
Puedes empezar simplemente separando: Ingresos → gastos necesarios → deudas → ahorro → gastos variables.
Lo verdaderamente importante es que el ahorro deje de ser «lo que quede a final de mes».
Porque curiosamente casi nunca queda.
Si vuestra economía lo permite, podéis tratar la cantidad destinada al objetivo como una pequeña factura que os pagáis a vosotros mismos.
Cobráis, apartáis esa cantidad y después organizáis el resto.
¿Qué hacemos si tenemos deudas?
Entonces quizá vuestro primer objetivo financiero no deba ser ahorrar para unas vacaciones.
Puede ser reducir determinadas deudas, especialmente aquellas con intereses elevados, mientras mantenéis un pequeño margen para imprevistos.
Haz una lista con lo que debes, cuánto queda pendiente, qué cuota pagas y qué interés tiene cada deuda.
Verlo escrito puede incomodar.
Pero también devuelve algo muy importante: control.
Una deuda indefinida parece enorme. Una deuda de 3.200 euros que disminuye todos los meses puede convertirse en un proyecto con principio y final.
¿Y si en casa somos dos y pensamos diferente sobre el dinero?
Esta conversación es fundamental.
No sirve que una persona intente ahorrar mientras la otra desconoce el objetivo o siente que simplemente le están imponiendo restricciones.
Hablad de para qué queréis hacerlo.
No es lo mismo decir: «A partir de ahora no podemos gastar».
que decir: «Queremos conseguir 3.000 euros para tener un colchón familiar y dormir más tranquilos».
El sacrificio se entiende mucho mejor cuando sabemos qué estamos construyendo.
Y tampoco todos los objetivos tienen que ser serios.
Ahorrar para viajar, reformar el salón, celebrar un aniversario o comprar algo que os hace ilusión también es perfectamente válido.
El dinero también está para disfrutarlo. La diferencia está entre elegir dónde queremos gastarlo y descubrir después dónde se nos fue.
¿Cómo sabemos si estamos avanzando?
Revisándolo.
Una vez al mes puede ser suficiente.
- ¿Cuánto queríamos ahorrar?
- ¿Cuánto hemos conseguido?
- ¿Qué gasto inesperado apareció?
- ¿Qué hemos hecho especialmente bien?
- ¿Qué debemos corregir el mes siguiente?
Y aquí podemos recuperar otra de las enseñanzas interesantes de la investigación de Gail Matthews: la responsabilidad ayuda.
En una familia, esa persona puede ser nuestra pareja. Incluso podéis tener una pequeña reunión económica una vez al mes.
Sin reproches.
Sin sacar las compras del año 2019.
Solo números, objetivos y decisiones.
¿Y si un mes no conseguimos cumplirlo?
No hemos fracasado.
Hay meses caros. Una avería, una comunión, el dentista, la vuelta al cole, una reparación inesperada...
Una meta financiera bien planteada tiene que convivir con la vida real.
Si querías ahorrar 100 euros y ese mes solo has podido guardar 30, has ahorrado 30.
Analiza qué ocurrió y continúa.
El verdadero peligro no es desviarse un mes. Es abandonar completamente el objetivo porque no hemos podido hacerlo perfecto.
Entonces, ¿por dónde empiezo hoy?
Esta noche puedes hacer algo muy sencillo.
Coge una hoja y escribe:
Mi objetivo financiero es ____________.
Necesito __________ € para conseguirlo.
Quiero alcanzarlo antes de __________.
Para conseguirlo voy a reservar __________ € cada mes.
Voy a reducir o eliminar __________.
Revisaré mi progreso una vez al mes.
Y guárdala en algún lugar donde puedas volver a verla.
Porque una meta económica no debería quedarse dando vueltas por nuestra cabeza.
Tiene que bajar al papel, pasar por nuestra cuenta bancaria y terminar formando parte de nuestras decisiones cotidianas.
No necesitamos convertirnos en expertas en inversión para empezar a mejorar nuestra economía familiar. Necesitamos saber qué queremos conseguir con nuestro dinero y empezar a utilizarlo conscientemente para acercarnos a ello.
Quizá esa sea la diferencia entre decir durante años «algún día tenemos que ahorrar» y poder decir dentro de doce meses: «Lo conseguimos».
Una última pregunta, Suki
Si hoy tuvieras que escribir un único objetivo económico para los próximos 12 meses, ¿cuál sería?
No pienses todavía si puedes conseguirlo.
Primero escríbelo.
Después empezaremos a buscar el camino.
Dejadme vuestras preguntas abajo y las contesto en el próximo artículo. ¡Hasta el próximo mes Sukis!
