Ofrecí ayuda y recibí insultos: reflexiones

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¡Hola Sukis!

Una reflexión sobre la buena intención, las etiquetas y la necesidad de escuchar antes de decidir quién tiene razón.



Hace unos días, tuve que coger el AVE para ir a Puertollano, cuando llegó el tren, teniamos un minuto para subir y vi a un hombre de espaldas que iba exageradamente cargado. Me acerqué con intención de ayudarlo.


Pues para mi sorpresa lo que recibí fueron insultos. Muerta de vergüenza busqué corriendo mi coche, y me fui sin mediar palabra. No quería conflictos.


Después, ya sentada en el tren, me quedé en silencio, dándole vueltas a lo ocurrido. Había intentado hacer algo bueno y me había marchado con una sensación desagradable, de esas que tardan en desaparecer porque una no entiende qué ha pasado.


Aquel hombre era musulmán, me dí cuenta enseguida al verle de frente, por su idumentaria y su reacción al rozarle la mano para ayudarle con las bolsas . Pero claro, su religión no formaba parte de mi gesto: yo había visto a una persona cargada y había querido echarle una mano.


En aquel silencio me sorprendí pensando algo incómodo: ese hombre había sido racista conmigo. Flipadísima me pregunté ¿Acabo de ser victima de racismo de una persona que me acusaba a la vez de ser racista y acosarlo por rozarle?


¿Puede una persona contar que ha recibido un mal trato sin que la conversación se convierta inmediatamente en un juicio sobre sus ideas, su origen o sus supuestos prejuicios?


Me preocupó sentir que quizá tendría que explicar demasiado mi buena intención. Como si antes de poder decir «me han insultado» necesitara demostrar qué clase de persona soy.


Sé qué motivó la reacción de aquel hombre. Pero ahí me dí cuenta de que ellos no son nada tolerantes. Lo que sí sé es cómo me trató y cómo me hizo sentir. Me hizo sentir mal.


Entonces recordé a mi hermana mediana.


Cuando éramos niñas, mi madre me regañaba si empujaba a mi hermana, que era pocas veces, sincermente. Hasta ahí, lo normal entre hermanos.


El problema llegó cuando mi madre dejó de preguntar. Si mi hermana lloraba o se quejaba, la responsabilidad caía directamente sobre mi antes de que yo pudiera hablar.


Mi hermana descubrió aquella ventaja. Y muy resuelta se daba una torta a sí misma y a gritar que yo le había pegado cuando quería algo que tenía yo. Y daba igual cuánto intentara explicarme: mi madre ya había decidido a quién creer.


Y yo lloraba mucho. Ahora de mayor, entiendo que lo que me dolía era no tener oportunidad de ser escuchada.


Mi madre quería proteger a quien consideraba más débil. Pero incluso una buena intención puede producir una injusticia cuando sustituye las preguntas por una conclusión automática.


Y mirando por la ventana de ese tren entendí que "proteger también exige escuchar".


Aquel recuerdo me ayudó a entender mi inquietud: nadie debería tener razón de antemano por parecer más vulnerable, ni quedar bajo sospecha por el hecho de ser blanco y de occidente.


Y te preguntarás, ¿por qué tanta retaila? No le des importancia. Exacto. Por eso mismo. Porque me di cuenta de que yo no podía ir a ningún lugar a pedir ayuda o defenderme, porque me echarían la culpa a mi.


Nadie en una comisaria me escucharía, porque el podría alegar que lo insulté, o que le quise robar o hacerle daño y las leyes le protegen a él directamente por ser de otra religión y por ser de otra raza. Eso me convierte automaticamente en racista o intolerante religiosa.


Me preocupa que una etiqueta nos impida examinar un comportamiento concreto. Para convivir necesitamos poder reconocer tanto la discriminación como una agresión verbal, venga de quien venga.


Una persona puede haber sufrido injusticias y, a su vez, comportarse injustamente con otra. Reconocer ambas cosas permite tratarla como alguien responsable de sus actos.


No hace falta justificar un insulto para demostrar respeto hacia una religión o una procedencia.


Mientras pensaba en todo aquello, comprendí que debía aplicar la misma exigencia a mi enfado.


Mi experiencia con aquel hombre no me permite atribuir su comportamiento a los musulmanes o a las personas procedentes de África. Son realidades distintas, diversas, formadas por millones de vidas que yo no conozco.


Hacerlo sería repetir aquello que tanto me dolía de pequeña: decidir antes de escuchar.


Puedo contar lo que me sucedió con claridad. Puedo decir que me pareció injusto. Puedo pedir respeto. Para hacerlo no necesito convertir a otras personas en responsables de un episodio en el que no participaron.


Aquello de "Ni todos los blancos son buenos, ni todos los negros son malos" aplicado a cualquier religión, ideología y color.


No me gustaría que aquella experiencia me volviera indiferente. Quiero conservar la disposición de acercarme a alguien que parece necesitar ayuda. Pero si es verdad que a partir de ahora, solo lo haré con todas las mujeres y solo a hombres que yo conozca.


También he aprendido a que primero debo preguntar, aceptar un «no» en el caso de que no necesiten o no quieran mi ayuda y retirarme. Y que, si aparecen insultos, tengo derecho a poner distancia e incluso irme. La amabilidad no exige quedarse a recibir un mal trato.


Del viaje me traje una idea: antes de repartir culpas, hay que preguntar qué pasó. Antes de dar por hecho quién merece ser escuchado, hay que dejar hablar.


Ser buena persona, debe seguir siendo mi prioridad día a día.


Seguiré ofreciendo ayuda. Y seguiré esperando respeto.




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