¡Buenos días, queridos amig@s! ✨✨✨
Escritura para dejar de hacerte pequeña.✒️⛔👶
Nos cuesta reconocer nuestra propia grandeza.
Nos han enseñado a medirnos, a moderarnos, a no parecer “demasiado”. Demasiado intens@s. Demasiado sensibles. Demasiado ambicios@s. Demasiado visibles.
Sin embargo, cuando miramos el mar, no sentimos incomodidad ante su inmensidad. Párate a pensar cómo el mar no pide permiso para ser profundo. No se disculpa por hacer ruido. No deja de moverse porque alguien lo esté mirando. Admiramos su fuerza cuando ruge. Su calma cuando se aquieta. Su capacidad de sostener vida. No le exigimos que sea pequeño para resultarnos cómodo. ¡Y eso nos parece natural! 🌊🌊🌊
La naturaleza tiene un lenguaje que entendemos sin darnos cuenta pero que nos cuesta aplicar a nosotros mismos. 😥😥
Hoy te propongo un ejercicio sencillo:
Elige un elemento natural (puede ser una montaña, una ciudad, una tormenta, una historia, etc.) y descríbelo en su máxima grandeza. No lo reduzcas. No lo suavices. Exagera si hace falta. Expande cada cualidad. Permítele ocupar espacio en la página.
Luego léelo despacio preguntándote en silencio:
- ¿Y si yo también tuviera derecho a ocupar tanto espacio?
- ¿Por qué me cuesta tanto aceptar la mía si puedo aceptar esa grandeza fuera de mí…?
Os comparto mi texto sobre el mar 👇👇👇
“Sentada frente al mar intentando retener en mi retina, y grabar a fuego en mi memoria, aquella infinita masa de agua plateada sobre la que se reflejaban los rayos del sol que madrugaba, fui consciente de la métrica del mar. Respirando pausadamente para llevar a mi interior aquel aire tan puro impregnado del inconfundible olor a mar observé cómo mi respiración entró en resonancia con la cadencia de las olas. Me sentí cómplice de las mareas y pensé que tal vez esa sincronicidad se debía a que en nuestro interior somos mayoritariamente agua. ¡Podría ser...!"
Concentrada en tan grandiosa contemplación fui presa de una incontenible necesidad de sumergirme en él. De ser atravesada por la inmaculada espuma blanca de sus olas y perderme durante unos segundos en esa enorme masa de agua. El extraño silencio que sentí en mis oídos y la caricia sobre mi piel al agitar mi cuerpo para nadar bajo el agua me hicieron experimentar algo parecido a lo que se debe sentir antes de nacer inmersa en el líquido amniótico.
Fui consciente de cómo esas aguas, que dan nombre a nuestro Planeta Azul y que en ese momento me tenían retenida en su salubridad, albergaban infinidad de vida en su interior. Especies animales y vegetales que surcan sus aguas y sus simas. ¡Cómo las envidié y deseé tener branquias para no tener que salir de allí! Tendría que conformarme con sumergirme en él durante los escasos segundos que mi sistema respiratorio, no adaptado, me permitiera o contemplarlo desde tierra.
En su generosidad también podemos flotar en su superficie sobre algún vehículo acuático que nos permite desplazarnos, ya sea por ocio o como transporte de pasajeros y mercancías. ¡Un gran servicio a la humanidad!
Después de tan grandes beneficios deberíamos sentirnos en deuda con él y evitar contaminarlo con nuestros vertidos perjudicando su pureza y a los millones de seres vivos que lo habitan. ¡Qué menos!”
Y ahora te dejo una pregunta para escribir, sin pensar demasiado:
¿En qué parte de tu vida te estás haciendo pequeña cuando en realidad eres océano?
¡Hasta la semana que viene, si así lo deseáis! 💝💝💝

