Hay una frase que escuchamos más de lo que deberíamos:
“Yo creo en Dios… pero no lo voy diciendo.”
Y siempre me hago la misma pregunta: ¿en qué momento creer en algo trascendente pasó de ser íntimo a ser vergonzoso?
Vivimos en una sociedad que presume de libertad, pero que a menudo solo tolera ciertas creencias. Decir que confías en la ciencia está bien. Decir que confías en ti misma también. Pero decir que crees en Dios, en voz alta, parece colocarte automáticamente en una etiqueta incómoda.
Creer, pero en silencio
Sabemos que el ser humano tiene una necesidad profunda de pertenencia. Queremos encajar, no ser señalados, no quedar fuera del grupo. Cuando una creencia es percibida como “anticuada”, “poco moderna” o “incómoda”, muchas personas optan por ocultarla.
No porque no crean. Sino porque no quieren ser juzgadas.
La contradicción cotidiana
Aquí aparece una paradoja fascinante.
Puedes no mencionar a Dios en una conversación, pero cuando estás agotada, asustada, enferma… o incluso estreñida, le pides ayuda.
“Dios mío, ayúdame.”
Sale solo.
Porque en momentos de vulnerabilidad, el ser humano busca algo más grande que él mismo. No es debilidad. Es una respuesta psicológica profundamente humana: buscar sostén cuando sentimos que no controlamos todo.
¿Por qué nos avergüenza lo que nos consuela?
La vergüenza aparece cuando creemos que una parte de nosotros no será aceptada. En este caso, creer en Dios se asocia erróneamente con ignorancia, fanatismo o falta de pensamiento crítico.
Pero creer no es lo mismo que imponer. Tener fe no es lo mismo que dejar de pensar.
Desde la psicología, la espiritualidad —creas o no en un Dios concreto— se asocia a:
Mayor capacidad de resiliencia.
Mejor gestión del dolor y la incertidumbre.
Sensación de propósito.
Consuelo emocional en momentos límite.
Fe, control y humildad
Creer en Dios implica algo que a nuestro ego moderno le cuesta mucho: aceptar que no lo controlamos todo.
Vivimos en la cultura del “si quieres, puedes”, del “todo depende de ti”. Y cuando algo se nos escapa, la culpa aparece.
La fe, ofrece un descanso: no todo recae sobre tus hombros.
No hace falta gritarlo, pero tampoco esconderlo
La fe no necesita demostraciones públicas ni discursos. Pero tampoco debería vivirse desde la vergüenza.
Creer en Dios puede ser una vivencia íntima, silenciosa y profundamente personal. Y aun así, legítima.
Quizá no haga falta hablar de Dios todo el tiempo. Pero tampoco fingir que no existe cuando, en el fondo, recurres a Él cuando más lo necesitas.
Si algo te sostiene en los momentos difíciles, si te da paz, esperanza o consuelo…
¿por qué avergonzarte de ello?
Desde la psicología, negar lo que nos ayuda solo para encajar tiene un coste emocional.
Y tal vez ha llegado el momento de vivir la fe —sea cual sea la forma que tenga para ti— con menos miedo y más honestidad.
Porque incluso cuando creemos que no creemos, algo dentro de nosotros sigue buscando.
