¡Hola de nuevo, queridas amig@s! ✨✨✨
…la escritura acompaña ✍️🫂
Lo creáis o no, la publicación del miércoles pasado me caló hondo. Acababa de decidir que mi felicidad no podía estar a merced de la gravedad y que el sobrepeso no podía tener el papel protagonista en la historia de mi sufrimiento. Estaba decidida a darle exactamente el lugar que se merece. 🥇🥈🥉
Escribí durante toda la semana los tres tips que os propuse y que, en gran medida, han funcionado. Me mimo, me cuido, consigo un sueño gratificante escribiendo las tres acciones que he hecho bien durante el día y me he apuntado a un gimnasio en el que, además de sudar la gota gorda y eliminar toxinas, me divierto. Y por más que no quiero darle importancia es descorazonador que haya cogido 1 kilo más que se suma a todos los que ya cargaba. 😔😔😔
Decidí seguir indagando y captó mi atención un consejo que recomendaba que antes de intentar cambiar el cuerpo, escucháramos lo que el cuerpo intenta decirnos con esos kilos de más. Para ello, proponían hacer este sencillo ejercicio:
Escribir sin parar durante 10 minutos respondiendo a una sola pregunta:
¿Qué estoy cargando además de kilos?
Escribe sin pensar demasiado. Sin corregir. Sin buscar respuestas inteligentes. Se trata de descubrir qué hambre NO es de comida 🍰🍕🍨
Tal vez salga: cansancio, enfado, tristeza, soledad, exigencia, una vida que va demasiado rápido o una que se quedó demasiado quieta. No importa. No estás escribiendo para entenderlo todo. Estás escribiendo para no tener que sostenerlo todo a la vez.
A veces el cuerpo acumula porque la cabeza no tiene dónde dejar las cosas. Porque no se habla. Porque no se llora. Porque no se escribe. 🤐🥹✍️
Y esto lo mismo sirve para el sobrepeso que para otros problemas que quizá también te suenan:
– siempre voy tarde
– nunca tengo tiempo para mí
– empiezo cosas y no las termino
– me enfado más de lo que quiero
– siento que no llego a nada
Todos ellos pesan. Y todos ocupan espacio.
La escritura no viene a arreglarte la vida. Viene a sentarse contigo un rato y decirte: “Puedes dejar esto aquí”. Y solo eso, a veces, ya cambia mucho.
Mientras escribía todo esto, me di cuenta de algo más. Que muchas veces el peso no solo duele por cómo se ve, sino por cómo creemos que nos miran. Por la vergüenza aprendida.
Por la comparación constante. Por pensar que hay cuerpos que estorban y otros que encajan.
Y entonces imaginé la siguiente escena:
“A Mateo no le gustaba la hora de la salida. No le gustaba nada.
Desde la fila miraba de reojo a las madres que iban llegando: zapatillas nuevas, mallas ajustadas, mochilas pequeñas, pelo recogido con un perfecto despeinado. Reían entre ellas, hablaban de carreras, de yoga, de no sé qué desayunos verdes.
Y luego estaba su madre…
L
legaba siempre un poco acelerada, con el abrigo medio abierto y esa forma de caminar que a Mateo le parecía demasiado visible. Se colocaba al final, sonreía y levantaba la mano cuando lo veía.
Mateo bajaba la mirada. No es que no quisiera a su madre. La quería mucho. Pero no entendía por qué no era como las otras.
Un día, mientras caminaban de vuelta a casa, Mateo le soltó:
- Mamá… ¿por qué no estás más delgada?
La pregunta cayó pesada, como caen las cosas que no saben que hacen daño.
Ella no se enfadó. No dijo nada durante unos segundos.
- Porque los cuerpos son distintos - respondió al final. Y porque la vida a veces pesa.
Mateo no entendió esa última frase. Solo pensó que ojalá su madre fuera invisible a la salida del cole.
Días después, mientras esperaban en la puerta, un niño de primero salió corriendo, tropezó y cayó de bruces justo delante de ellos. El llanto fue inmediato, de esos que asustan. Antes de que nadie reaccionara, la madre de Mateo se agachó con torpeza y lo levantó en brazos.
Lo apretó contra su pecho. Le habló bajito. Le pasó la mano por la espalda una y otra vez. El niño dejó de llorar casi al instante.
La miró con los ojos aún mojados y, con voz temblorosa pero segura, dijo:
- Qué suerte tienes de tener una mamá tan blandita.
Hubo un silencio raro. Mateo sintió calor en la cara. Pero no de vergüenza.
Miró a su madre. La vio sonreír y abrazar un poco más fuerte al niño antes de devolverlo al suelo.
De camino a casa, Mateo no dijo nada. Pero caminó más cerca de ella. Mucho más.
Esa noche, cuando se fue a dormir, pensó en todas las veces que se había hecho daño jugando y su madre lo había cogido igual. Pensó en ese abrazo grande donde siempre cabía todo: el miedo, el llanto, el cansancio.
Antes de cerrar los ojos, se le escapó una idea sencilla, pero nueva: quizá no todo lo que pesa es malo. Quizá algunas cosas pesan porque sirven para sostener.
Y por primera vez, al pensar en la salida del cole, Mateo sonrió.”
Si esta semana te apetece, no escribas para mejorar. Escribe para soltar. No para juzgarte. Para escucharte. Y con eso, por hoy, ya es bastante. 🤩🤩
¡Hasta la semana que viene, amig@s! 🙌🙌🙌

