Ayer terminamos el día con una noticia desgarradora.
Miraba atónita el televisor, viendo lo sucedido en Córdoba: la colisión de dos trenes de alta velocidad tras el descarrilamiento de uno de ellos. Y, como ocurre siempre en estos casos, mil preguntas se me venían a la cabeza.
¿A esas almas que perecieron les dio tiempo a entender lo que sucedía?
¿Fallecieron sin dolor?
¿Cuántas madres no dormirán esta noche?
Mientras tanto, en redes sociales, veía el comportamiento de los ocupantes del tren: personas con miedo, pero conscientes de la situación, grabándolo todo. Testigos directos del caos, del desconcierto, del terror.
Cuando surge una tragedia de esta magnitud, lo lógico y natural es pensar en las víctimas, en los heridos, en la evacuación. Pero hay una pregunta que aparece desde el minuto uno y que no se puede silenciar: ¿Qué está sucediendo en España?
Nuestros grandes estandartes se están devaluando por falta de control, de cuidado y de mantenimiento. Tuvimos la mejor alta velocidad del mundo. Competíamos en seguridad, puntualidad y confort con los grandes referentes internacionales. Hoy, desde hace ya unos años, la dejadez es flagrante.
Y no solo en los trenes.
También en carreteras, hospitales, sanidad, colegios e institutos.
Todo ello sin contar la merma constante de profesionales.
Lo paradójico es que es ahora, precisamente ahora, cuando más dinero estamos poniendo los contribuyentes sobre la mesa. Supuestamente, para que estas cosas no sucedan. ¿Entonces? ¿Qué sucede?
Como ama de casa, lo entiendo bien: si no cuidas tu hogar, si no lo mantienes, si no estás pendiente, tarde o temprano se convierte en un desastre.
Y entonces llega la otra pregunta, la incómoda, la que nadie quiere formular en voz alta:
¿No es extraño que algo así ocurra justo cuando, hace apenas diez días, el más alto cargo del Gobierno nos advertía de posibles atentados?
Puede haber sido un fallo informático.
Un error humano.
Un jaqueo del sistema.
Puede ser.
Pero tampoco hace tanto que el máximo responsable de infraestructuras y transporte ya nos avisó de que “todo podía pasar”. No por mala gestión —decían— sino porque era “el momento”: maquinaria vieja, maquinaria nueva y una curva. Los planetas alineados.
Tras este momento de pensamiento conspiranoico —que en España, desde hace un tiempo, no se puede descartar— sigue asaltándome un nudo en el estómago al pensar en esas madres, mujeres e hijos que han perdido a un familiar o lo tienen grave en un hospital.
Ayer aumentaron las donaciones de sangre. Y eso dice mucho. Indica que España sigue siendo número uno en algo fundamental: la ayuda desinteresada, la solidaridad que nace del corazón.
Solo puedo constatar algo desde mi propia experiencia.
Entre 1998 y 2004 viajé en AVE todas las semanas. El tren no vibraba. La puntualidad era extraordinaria, casi británica. Por no hablar de la excelente atención al cliente.
Hace apenas tres meses viajé a Puertollano en un ALVIA. Llegué 45 minutos tarde.
El tren era un circo.
Era el primero del día y no pude dormir ni un minuto. Vibraciones, ruidos insoportables, mal olor.
No es una percepción.
Es un hecho.
Desde 2020 hasta hoy hay un retroceso evidente en la calidad de los servicios públicos.
Y mi corazón no entiende cómo pueden pasar estas cosas. Y como no estamos en la calle.
Lo más aterrador no es solo la tragedia.
Es saber que probablemente nunca conoceremos la verdad, aunque nos la cuenten.
Ayer se vio con claridad: las noticias estaban cuidadosamente encauzadas para ganar tiempo, para construir un discurso favorable a las instituciones.
No había crítica.
No había técnicos.
Solo humanidad y testimonios de pasajeros que, en realidad, no sabían nada.
Y eso, aunque comprensible en el dolor, también es profundamente inquietante.
Me apena ver cómo España se hace pequeña.
Muy pequeña.
Ante semejantes dirigentes.

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